domingo, 18 de junio de 2017

Transgénicos, riesgos y mitos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de junio de 2017

Desde que en 1818 la escritora inglesa Mary Shelley publicó su novela Frankenstein o el moderno Prometeo, el mito del científico como un ser cuya ambición de conocimiento lo lleva a desencadenar fuerzas que salen de su control y acaban causando un desastre pasó a formar parte de nuestra cultura. (O quizá desde mucho antes: no olvidemos al propio Prometeo, que robó a los dioses el fuego sagrado y se lo dio a los hombres, ni a Eva, que come el fruto del árbol de conocimiento y condena así a la humanidad al sufrimiento.)

Actualmente, uno de los avances científicos que más polémica causan es el desarrollo de organismos genéticamente modificados (OGMs), conocidos popularmente como transgénicos. Éstos van desde microorganismos utilizados desde hace décadas en la industria y la investigación científica básica hasta vegetales cuyo cultivo podría ofrecer ventajas –mayor rendimiento o valor nutritivo, resistencia a plagas– y animales, principalmente ganado, aunque también mosquitos que pudieran combatir la propagación de infecciones.

Pero son los vegetales genéticamente modificados los que causan la mayor inquietud, por lo extendido de su cultivo y consumo en todo el mundo. Entre los peligros que se les achacan están el poder ser tóxicos o dañinos a la salud del consumidor (algo totalmente descartado, luego de décadas de evidencia acumulada y de ser consumidos en todo el mundo sin que tales efectos se hayan manifestado); el poder dañar al ambiente circundante al sitio donde se cultivan (algo que en gran medida depende de las circunstancias de su cultivo), y el poder ser fuente de “contaminación genética”, en caso de que los genes ajenos que se han introducido al vegetal pudieran “escapar” y ser transferidos a variedades silvestres de la misma planta, o de otras especies.

Por eso fue para mí una experiencia invaluable poder asistir, como observador invitado, al 14º Simposio Internacional sobre Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados, realizado en Guadalajara, Jalisco, del 4 al 8 de junio. Al evento asistieron 300 participantes de 37 países, provenientes de la academia, el gobierno, la industria y organizaciones civiles, además de estudiantes y consultores independientes.

Las ponencias, presentadas y discutidas a fondo por este público tan diverso de especialistas en los distintos aspectos de la bioseguridad me permitieron conocer un poco más la inmensa labor llevada a cabo en todo el mundo por un verdadero ejército de expertos –de biotecnólogos a agrónomos a abogados, y mucho más– para garantizar, en todas las naciones donde se usan, que el desarrollo, cultivo y consumo de organismos genéticamente modificados cumpla con los más altos estándares de seguridad para evitar –y en su caso detectar, estudiar, combatir y remediar– los posibles riesgos que pudieran presentarse.

No habría espacio aquí para comentar, ni siquiera superficialmente, los numerosos aspectos de la protección de riesgos abordados en el simposio. Entre otros, las distintas leyes nacionales y acuerdos internacionales –incluyendo el Protocolo de Cartagena, propuesto en 2003 y adoptado por 171 países, incluido México– que regulan la protección del ambiente y la salud humana ante los posibles efectos nocivos de los OGMs. Los países participantes –e incluso los que no participan, como Estados Unidos y Argentina– invierten un enorme esfuerzo en desarrollar leyes, reglamentos, definiciones, métodos de análisis y en verificar y procesar los resultados para evitar posibles riesgos ambientales.

También que está claro que muchos de los posibles riesgos planteados, por ejemplo, por los grupos ambientalistas que se oponen radicalmente al uso de OGMs, han demostrado ser menos graves de lo que se pensó inicialmente. Aunque la interacción de los OGMs con otras especies pudiera llegar a alterar los ecosistemas, y aunque la posibilidad de flujo de genes de una variedad transgénica a plantas silvestres es real, el conocimiento actual, junto con las reglas de bioseguridad y los métodos avanzados de monitoreo que se han desarrollado permiten reducir al mínimo dichos riesgos. Asimismo, hoy sabemos que el flujo de genes dentro de una especie, e incluso entre especies, es algo que, de forma inevitable, ocurre constantemente dentro de la naturaleza: la idea de especies ideales puras y genéticamente inmutables no tiene mucho sustento biológico. Y en casos donde los transgenes han llegado a ser transferidos a variedades silvestres, éstos normalmente se han diluido en forma más o menos rápida en la población, obedeciendo a las reglas de segregación de la genética mendeliana.

Sin embargo, en la cultura persiste una imagen eminentemente negativa de los organismos genéticamente modificados. Se los ve como dañinos, antinaturales y producto de un capitalismo voraz que busca sólo dañar la naturaleza (como si eso fuera buen negocio). El debate sobre ellos se ha ideologizado y politizado al extremo. Esto causa que muchos reglamentos –incluyendo el Protocolo de Cartagena– lleguen a ser, en algunos casos, excesivamente restrictivos. Por ejemplo, si una variedad de planta es producida por métodos moleculares se considera riesgosa, pero si se obtiene exactamente la misma mutación mediante cruzas tradicionales, la planta, al no ser “transgénica”, se trata como carente de riesgo.

Por otro lado, es cierto que la tecnología de manipulación genética ha avanzado mucho respecto a la “ingeniería genética” desarrollada en los años 70 y 80, y hoy se cuenta con técnicas mucho más precisas y poderosas, como CRISPR-Cas (de la que ya se ha hablado en este espacio) y los llamados gene drives (de los que hablaremos próximamente) que podrían plantear nuevos retos en bioseguridad. Retos que expertos y reguladores están ya considerando seria y responsablemente.

Luego de escuchar a tantos especialistas de tan diversas posturas, si algo me quedó claro es que, frente a la imagen popular de irresponsabilidad e imprudencia, en realidad el desarrollo de OGMs es un área donde cada paso se da con el mayor cuidado, para buscar posibles beneficios con el menor riesgo posible. Y no porque las empresas agrobiotecnológicas sean hermanas de la caridad, sino porque la comunidad internacional se ha encargado de regular el desarrollo y liberación de transgénicos de manera informada, eficaz y responsable. Enhorabuena.
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domingo, 11 de junio de 2017

La escritora que metió la pata

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 11 de junio de 2017

El pasado 4 de junio la famosa escritora española Rosa Montero publicó en su columna “Maneras de vivir”, del suplemento cultural El país semanal, un texto titulado “Consumidores engañados y cautivos”, donde hacía una serie de afirmaciones incorrectas y descabelladas.

Entre ellas, que Norman Borlaug –el padre de la “revolución verde” que ayudó a mejorar enormemente la producción alimentaria mundial mediante cruzas para obtener cultivos mejorados– había “creado semillas transgénicas” (nada de eso: todas se obtuvieron mediante técnicas convencionales, no moleculares: cruzas, hibridación y selección de plantas y semillas). Que el trigo y centeno que se produjeron así contienen un “nuevo” gluten que es la causa de los actuales casos de intolerancia a esta proteína (en realidad no existe intolerancia al gluten fuera de quienes padecen, por una predisposición genética, la enfermedad celíaca: menos de 2 de cada 100 adultos, quienes pueden ser gravemente afectados por su consumo).

Montero afirmaba también que los resultados de la investigación científica que llevan a cabo las empresas farmacéuticas “no son más que publicidad encubierta” (como si no estuvieran sujetos a los mismos controles de calidad que cualquier investigación que se publica en revistas científicas arbitradas, y adicionalmente a los detallados requerimientos de seguridad que imponen las autoridades sanitarias de todos los países antes de autorizar la salida al mercado de nuevos medicamentos).

Y, finalmente, sostenía que la homeopatía no sólo puede tener verdadera utilidad terapéutica, “aunque sólo fuera por el efecto placebo” (cuando éste consiste, precisamente, en la falta de efecto en presencia de un tratamiento, comparado con su ausencia), sino que hay una “campaña” (“meses de un machaque tan orquestado y pertinaz no puede ser casual”) en contra de ella, financiada por los laboratorios farmacéuticos (que son, nos revela, “los verdaderos dueños del mundo”).

Y es que, efectivamente, en España ha habido una muy necesaria y aplaudible reacción contra la inclusión de la homeopatía en cursos universitarios y la venta libre de los seudomedicamentos homeopáticos en las boticas, junto a los productos que Montero llama, incorrectamente, “alopáticos” (usando un término peyorativo inventado por los homeópatas). Pero se trata de un movimiento surgido del sentido común y del pensamiento crítico de personas educadas, bien informadas y preocupadas por la salud de los ciudadanos. Y está basado en décadas de investigación y numerosos estudios científicos y revisiones detalladas de éstos por organismos sanitarios de diversos países, que han llegado a la conclusión inequívoca de que la homeopatía –al igual que otras seudomedicinas “alternativas” como la acupuntura o el reiki– es totalmente ineficaz desde el punto de vista terapéutico (aunque no, obviamente, desde el comercial).

Aparte del tono anticientífico y conspiranoico de su escrito, y de otro en el que responde a la defensora del lector de El país, Montero –quien, sorprendentemente, estudió periodismo– manifiesta una total incomprensión del principio de verificación que todo periodista –igual que cualquier científico– debe seguir antes de publicar su información. Sustenta sus absurdas afirmaciones no con citas a fuentes confiables, sino con frases como “supongo”, “me parece” o “estoy segura que”.

La reacción contra el texto de Montero ha sido tremenda. Numerosos expertos, así como personalidades de la divulgación científica, han explicado ampliamente por qué lo que dice son tonterías, y por qué es tan grave que una líder de opinión respetada como ella propague tal basura conceptual. Grave y peligroso.

Las opiniones de Montero son, creo yo, sólo una muestra más de la preocupante tendencia global a desconfiar del conocimiento científico, obtenido mediante trabajo riguroso y detallado, y sustentado en datos verificables, y a dar entrada, en cambio, a todo tipo de creencias, por absurdas e infundadas que resulten, con tal que de resuenen con nuestras creencias, deseos e ideologías.

Pero, a diferencia de Montero, yo no creo que dicha tendencia a la “posverdad” sea producto de una conspiración internacional, ni que esté financiada por nadie. Simplemente, es expresión del deterioro de nuestra educación, del predominio, en medios comerciales y redes sociales, de ideas simples y pegajosas por encima de la información rigurosa y verificada, y del descontento social ante toda forma de autoridad.

Ante ello, no queda más que reforzar los esfuerzos para educar, tanto en la escuela como en los medios, y combatir la desinformación –sobre todo en temas de ciencia, ambiente y salud– con conocimiento. Cuando los charlatanes hablan y los demás guardamos silencio, ellos ganan.

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domingo, 4 de junio de 2017

Trump, la anticiencia y el futuro

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 4 de junio de 2017

La noticia de la semana pasada fue sin duda el anuncio que hizo Donald Trump el jueves primero de junio de que los Estados Unidos se retiran del Acuerdo de París sobre Cambio Climático.

Sobra repetir lo que ya tanto se ha comentado respecto a las razones, sinrazones y posibles consecuencias de esta desafortunada decisión. Pero vale la pena recalcar que el procedimiento de salida, que los Estados Unidos respetarán, tomará unos tres años y medio, durante los cuales ese país continuará formalmente formando parte del Acuerdo, pese a que Trump haya anunciado el cese inmediato de algunas de las medidas a las que compromete, como aportar recursos al Fondo Verde del Clima de las Naciones Unidas –que apoya económicamente a las naciones más pobres para que se adapten al cambio climático– y la obligación de reportar datos sobre uso de combustibles de carbono.

También vale la pena comentar que la decisión de Trump, y en general el movimiento de negacionismo del cambio climático –que afirma que éste no existe, que es una “invención” del gobierno Chino para perjudicar a la industria estadounidense (como afirmara el propio Trump desde 2012), o que es sólo parte de los ciclos naturales de la Tierra, y no producto de la acumulación de gases de invernadero– es una expresión de una amplia tendencia de pensamiento anticientífico que permea la cultura mundial.

Las creencias del propio Trump no podrían ser más incongruentes: así como negaba el cambio climático, en su discurso de retirada del acuerdo de París mencionó que la contribución de los Estados Unidos a éste era “mínima”: “dos décimas de grado Celsius”. Pero esto implica reconocer que el fenómeno es real y que es causado por los gases de invernadero (emitidos, entre otras cosas, por la quema de carbón extraído de minas como las que él quiere revitalizar en su país). Para colmo a los dos días, el sábado, su embajadora en la ONU, Nikki Haley, declaró que Trump “sí cree en el cambio climático”, aunque precisa que cree que “los contaminantes son parte de la ecuación” (énfasis mío), lo cual es muy distinto del consenso científico mundial, que deja claro que los gases de invernadero como dióxido de carbono y metano son, con mucho, los principales causantes del fenómeno.

Pero la decisión de Trump, que cumple una de sus principales promesas de campaña, refleja lo que creen millones de personas no sólo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. ¿Por qué hay tanta gente que, frente a datos científicos sólidos y a la opinión casi unánime de expertos de todo el globo, sigue empeñándose en negar la realidad del cambio climático?

Se trata de un fenómeno complejo, del que mucho se ha hablado ya. En él influyen la natural tendencia humana a sostener ideas que coincidan con nuestras creencias previas, nuestra ideología o nuestros intereses, así como la emergencia de la cultura de la posverdad, ya comentada aquí, que privilegia las creencias por encima de los hechos para moldear la opinión pública.

Pero también obedece al crecimiento de un movimiento anticientífico, que desconfía enormemente de la ciencia y la ve como parte de una conspiración con fines oscuros. Movimiento que hay que entender, creo yo, como parte de una tendencia generacional que recela, en general, de toda forma de autoridad. Los grandes fracasos de las sociedades modernas para cumplir sus promesas y para garantizar un futuro promisorio a las generaciones jóvenes (millenials y los que les siguen) quizá explican en parte esta desconfianza. Pero no necesariamente la justifican.

Cierto: la ciencia no es fuente de verdades absolutas. Pero es la mejor forma de obtener conocimiento confiable acerca de la naturaleza con que contamos. Conocimiento que además se refina y corrige continuamente. Cierto también: la aplicación del conocimiento científico a través de tecnología en ocasiones produce daños (contaminación, extinción de especies, hoyo en la capa superior de ozono, armas atómicas, calentamiento global). Pero es gracias a la ciencia que nos hemos podido percatar de esos daños, y es ella la que nos da herramientas para combatirlo.

Si el mundo y las sociedades que lo habitan han de sobrevivir, lo harán sólo si logramos, entre otras cosas, apreciar la ciencia y aprovecharla para comprender y abordar los retos que se nos presentan. Afortunadamente, frente a obtusos como Trump –y quienes piensan como él–, están surgiendo en todo el mundo las voces de verdaderos líderes que, basándose en el pensamiento racional, democrático y sí, científico, restablecen la esperanza de que la humanidad reencuentre el rumbo que, durante los últimos años, parecía estar perdiendo.

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domingo, 28 de mayo de 2017

La primera molécula viva

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de mayo de 2017

Había una vez un planeta donde surgió la vida.
La hipótesis del mundo del ARN

Millones de años después, una de los billones de especies que lo habitaban se preguntaba cómo había ocurrido esto. Faltos de más recursos que su imaginación, propusieron la explicación más obvia: la vida en la Tierra tenía que haber sido producto de un creador omnipotente. Explicación que realmente no explicaba nada, pero que sirvió para tranquilizar su inquietud intelectual. Al menos por un tiempo.

Porque luego llegó Charles Darwin, quien además de postular un mecanismo natural que explicaba cómo las especies evolucionan, se diversifican y se adaptan a partir unas de otras, mencionó también que la vida podría haber surgido “en una charca tibia” a partir de compuestos inorgánicos, junto con la energía del sol y los rayos.

Poco después, el inglés JBS Haldane y el ruso Aleksandr Oparin propondrían, cada uno por su lado, teorías más detalladas acerca del posible origen de la vida a partir de los compuestos presentes en la atmósfera primitiva de nuestro planeta. Un poco más adelante, experimentadores como los estadounidenses Stanley Miller y Harold Urey realizarían experimentos que darían sustento a estas propuestas. Nació así formalmente la ciencia que estudia el origen de la vida.

Desde entonces, los avances han sido enormes. Y aunque sigue habiendo muchas cosas que no sabemos con precisión (por ejemplo, si los compuestos precursores de las moléculas que forman a los seres vivos se produjeron en la Tierra o llegaron a bordo de meteoritos), hoy la reconstrucción de los primeros momentos en que se puede hablar de vida en el planeta es cada vez más detallada. Y una de las cosas que van quedando claras es que, aunque Darwin pensaba que las proteínas podrían haber sido las primeras moléculas vivas, lo más probable es que tal papel le corresponda a otro tipo de compuestos: los ácidos nucleicos. Y específicamente, al ácido ribonucleico, o ARN.

Precisamente a este tema estuvo dedicado el simposio “El mundo del ARN” llevado a cabo del 16 al 22 de abril en El Colegio Nacional, esa institución fundada en 1943 por Manuel Ávila Camacho para “preservar y dar a conocer lo más importante de las ciencias, artes y humanidades que México puede ofrecer al mundo”. El simposio fue organizado por tres destacados miembros del Colegio: Antonio Lazcano Araujo, experto mundialmente reconocido en origen de la vida, junto con el biólogo molecular Francisco Bolívar Zapata y el químico Eusebio Juaristi. En él estuvieron presentes destacadísimos especialistas internacionales en el tema provenientes de países como Estados Unidos, España, Francia, Israel y por supuesto México.

Sería imposible resumir en este espacio todo el universo de conocimiento que los asistentes a las diez conferencias magistrales tuvimos el privilegio de disfrutar (una de las obligaciones principales de los 20 miembros de El Colegio Nacional es, precisamente, impartir y organizar conferencias, mesas redondas y simposios, que son siempre públicos y gratuitos). La base del simposio fue la idea de que, a partir de los primeros compuestos inorgánicos y luego del surgimiento de biomoléculas simples, uno de los primeros compuestos que pudo cumplir con dos de las principales funciones que caracterizan a la vida, autorreproducirse y catalizar otras reacciones químicas, fue precisamente el ARN.

A partir de eso, se piensa que hubo una primera etapa –el “mundo del ARN”– en que moléculas de ARN comenzaron a formarse, reproducirse y competir entre ellas. Paulatinamente, comenzaron a catalizar la formación de proteínas, que a su vez ayudarían a catalizar más eficientemente otras reacciones: surgiría así el “mundo de las ribonucleoproteínas”. Finalmente se llegaría al actual “mundo del ADN”, donde las funciones de almacenar la información genética pasarían al ácido desoxirribonucleico, primo del ARN, y la mayoría de las funciones de catálisis química quedarían a cargo de proteínas específicas: las enzimas.

Durante el simposio, sin embargo, los diversos expertos de todo el mundo nos mostraron cómo los detalles de esta increíble historia están siendo constantemente explorados y discutidos para irlos aclarando. Desde la química básica de la atmósfera primitiva y la composición de los meteoritos, al surgimiento y evolución de las primeras moléculas de ARN. De cómo quizá éstas siempre estuvieron conviviendo y coevolucionando con proteínas (lo que implicaría que no hubo “mundo del ARN”, sino “mundo de ribonucleoproteínas” desde un principio) a cómo pudo surgir el código genético, cómo el ARN se alió con las proteínas y las moléculas grasosas que forman membranas para generar las primeras células, y cómo ciertas formas de ARN de vida libre, como virus y viroides, siguen conviviendo con el resto de los seres vivos.

Una de las ideas más sugerentes es que a lo largo del reino viviente hay innumerables “fósiles moleculares” del mundo del ARN: el ácido ribonucleico sigue cumpliendo funciones vitales en prácticamente todos los procesos de una célula viva, como el almacenamiento y copia del material genético, su expresión para fabricar proteínas y en las reacciones químicas que conforman el metabolismo. En cierto modo, el mundo del ARN pervive oculto en las profundidades de la célula moderna.

Ada Yonath y el ribosoma
El broche de oro del simposio fue la conferencia de Ada Yonath, ganadora del premio Nobel de química en 2009, quien nos mostró cómo el ribosoma, organelo celular encargado de fabricar proteínas a partir de las instrucciones almacenadas en el ADN, y que está presente en todas las células vivas, es en realidad una sofisticada máquina molecular hecha de ARN, en cuyo corazón se halla un fósil viviente que ha sobrevivido desde los tiempos del mundo del ARN.

Queda la duda de si se puede hablar de que el ARN sea una molécula “viva”. En realidad, se trata de una pregunta mal planteada, que revela que el término “vida” es sólo una palabra cómoda para describir un tipo de sistemas que presentan ciertas propiedades. En realidad, la línea divisoria entre materia viva e inerte es arbitraria. Lo fascinante es vislumbrar un poco de la enorme cantidad de investigación que se está haciendo para entender cómo la química pudo irse convirtiendo en biología a través de un proceso evolutivo que ocurrió hace millones de años, pero cuyas huellas siguen presentes y activas en lo más íntimo de las células que nos forman.

Millones de años después, los habitantes de ese planeta, descendientes de este largo proceso, estamos comenzando a respondernos la pregunta de cómo llegamos a estar aquí.

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domingo, 21 de mayo de 2017

Farmacovigilancia que salva vidas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 21 de mayo de 2017

Cuando, en bachillerato, tuve que elegir qué carrera estudiaría, decidí ser químico farmacéutico biólogo. La respuesta de mis padres al saberlo fue “acabarás como dependiente de una farmacia”.

En realidad la carrera que yo hubiera querido estudiar era bioquímica, pero no existía en México, y la alternativa disponible, ingeniería bioquímica, no era lo que yo buscaba. (Más tarde descubrí que en realidad lo que yo quería estudiar era biología molecular, pero esa es otra historia.)

La visión de mis padres refleja uno de tantos prejuicios comunes acerca de la química. Y, como todos los prejuicios, está basado en la ignorancia. En abril pasado tuve la oportunidad de asistir como conferencista invitado al 3er. Simposio Nacional de Farmacia Hospitalaria, organizado por la Red Mexicana de Atención Farmacéutica y Farmacoterapia en Monterrey, Nuevo León. Ahí descubrí que, incluso después de haber estudiado la carrera, ignoraba yo mucho acerca del importantísimo papel que juega la química farmacéutica dentro de los sistemas de salud. (Sirva de disculpa aclarar que en mi licenciatura yo elegí la orientación de análisis clínicos –aunque nunca la ejercí–, no la de farmacia, y nunca cursé ninguna materia de farmacología.)

El trabajo en la farmacia de un hospital puede sonar como algo muy aburrido: administrar las existencias y surtido de medicamentos, garantizar que a cada paciente se le suministre la dosis indicada por el médico, y… no mucho más.

Nada más lejos de la realidad. Más allá de la labor descrita –que a pesar de sonar simple tiene sus complejidades– el trabajo de los químicos farmacéuticos en un hospital tiene mucho más que ver con un área llamada farmacovigilancia.

A fines de los años 50 se comenzó a usar un medicamento llamado talidomida para suprimir las náuseas en mujeres embarazadas. Pronto se descubrió, con horror, que podía causar una malformación en los bebés llamada focomelia: nacían con las manos o pies soldados al cuerpo, sin brazos o piernas. Miles de bebés fueron afectados en todo el mundo, y la talidomida se prohibió mundialmente en 1963.

Farmacovigilancia
A partir de este y otros casos, en todos los países comenzaron a formarse comités dedicados a vigilar los posibles efectos nocivos de los medicamentos, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) formó el Programa Internacional de Monitoreo de Medicamentos, del que son miembros 124 países, incluyendo a México, y que se dedica a “la ciencia que trata de recoger, vigilar, investigar y evaluar la información sobre los efectos de los medicamentos, productos biológicos, plantas medicinales y medicinas tradicionales, con el objetivo de identificar información sobre nuevas reacciones adversas y prevenir los daños en los pacientes”. En otra palabras, había nacido la farmacovigilancia (en México dicha responsabilidad está a cargo de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, Cofepris, con la participación de hospitales, universidades, empresas farmacéuticas y asociaciones de profesionales del área biomédica).

Y es que, a diferencia de tantas seudomedicinas, que se ufanan de “no producir efectos secundarios” (debido simplemente a que no producen ningún efecto, pues son terapéuticamente inútiles), los fármacos y los compuestos provenientes de plantas, por ser sustancias químicas que ejercen efectos terapéuticos reales dentro del organismo, también pueden tener repercusiones no deseadas.

La labor de farmacovigilancia recopila datos sobre los llamados “eventos adversos” que puedan ser causados por los medicamentos, para detectar efectos nocivos que no hayan sido detectados durante las extensas pruebas clínicas a que éstos son sometidos antes de autorizar su comercialización. Pruebas que, después de todo, se realizan con poblaciones limitadas. Al salir a la venta, la cantidad de pacientes aumenta, y pueden entonces surgir a la vista efectos poco frecuentes. Se puede así tomar medidas que llegan a incluir el retiro del mercado.

Como comentábamos la semana pasada en este espacio, los medicamentos también pueden producir efectos indeseados al interactuar unos con otros –el simple consumo de antiácidos puede cambiar el pH del estómago y alterar la absorción de un fármaco, por ejemplo. Mediante la farmacovigilancia se recogen constantemente datos para detectar estas interacciones medicamentosas.

Pero la farmacovigilancia también juega un papel dentro de los hospitales: en ellos hay un ejército de farmacólogos que realizan constantemente un tremendo trabajo, junto con otros profesionales de la salud, para garantizar que los pacientes reciban los medicamentos que necesitan de forma correcta, confiable, oportuna y, sobre todo, segura. Buscan monitorear viejos y nuevos medicamentos, detectar reacciones adversas nuevas o inesperadas, reducir costos, dar seguimiento a medicamentos nuevos más allá de los estudios clínicos, asesorar a los médicos para diseñar el tratamiento farmacológico más adecuado y seguro para cada paciente individual, y muchas otras importantes funciones.

Cuando uno considera la enorme labor de investigación y control que implica la farmacovigilancia en hospitales y en todo el sistema de salud para monitorear la seguridad de los fármacos, y lo compara con las afirmaciones de tantos charlatanes médicos, sin más sustento que la evidencia anecdótica, no puede uno más que agradecer que exista una ciencia médica basada en el rigor y la evidencia. Ciencia médica que salva vidas.

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domingo, 14 de mayo de 2017

Cáncer, toronjas y química

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 14 de mayo de 2017


Leyendo el título de este texto, usted podría pensar que voy a decir que comer toronjas puede causar cáncer. Nada más falso.

Más bien, voy a tratar de contarle una historia interesante. Seguramente usted ha oído frases que afirman que todo lo “químico” es malo, dañino, tóxico, venenoso o causa cáncer. Contrariamente, todo aquello que es “natural” se considera automáticamente sano, beneficioso, curativo o al menos inocuo. De ahí modas como el consumir alimentos “orgánicos” porque “no contienen químicos”, y satanizar todos los productos de la industria química y farmacéutica.

Desde luego, de nada sirve explicar que “químicos” somos las personas que estudiamos una licenciatura en esa materia, y que la palabra correcta a usar es compuestos o sustancias químicas. Tampoco sirve de gran cosa aclarar que toda la materia común, incluyendo los animales, plantas y nuestro propio cuerpo, están hechos de compuestos químicos, por lo que la idea de alimentos que no los contengan es absurda. Como me gusta decir, hasta el agua pura es pura química.

La idea de que todo lo químico es malo se llama quimiofobia, y es un prejuicio. Pero cuando se explica lo anterior a quienes lo padecen, simplemente lo sustituyen por otro prejuicio equivalente: el de que todo lo artificial es dañino, mientras que lo natural es sano. Para ver lo falso de esta otra idea basta con recordar que numerosos venenos y toxinas provienen de plantas, animales, hongos o bacterias (incluyendo la toxina botulínica, el veneno más tóxico conocido: bastan unos 350 nanogramos, o milésimas de miligramo, para matar a un adulto de 70 kilos; sin embargo, en dosis aún más bajas sirve para paralizar los músculos faciales y borrar temporalmente las arrugas… quizá la conozca usted bajo el nombre de Botox).

Quienes satanizan lo químico o lo artificial tienden a pensar, también, que “la naturaleza es sabia” y jamás hace nada que pueda dañar a los seres vivos.

Por eso les puede resultar sorprendente enterarse de que una de las sustancias más conocidas por causar cáncer, o carcinógeno, llamada benzopireno –producida al quemar compuestos orgánicos, y que por tanto está presente en el hollín y el humo de tabaco, pero también en las carnes al carbón– en realidad es un pre-carcinógeno. Sólo se vuelve carcinogénica cuando es transformada, por un grupo de enzimas dentro de nuestras células conocidas como citocromos P450, en un derivado que es el que puede causar cáncer. (El derivado carcinogénico del benzopireno, por si tenía la duda, se llama benzopireno-dihidrodiol-epóxido, y ejerce su efecto intercalándose entre los “escalones” que forman las bases el ADN e interfiriendo con el proceso de duplicación de la información genética.)

¿Por qué el cuerpo humano contendría una enzima que transforma una sustancia más o menos inocua en un carcinógeno? La razón es que esa transformación es un primer paso, llamado bioactivación, para poder eliminarla eficientemente.

Puede sonar complicado, pero hay que recordar que cada célula de nuestro cuerpo es un sistema químico increíblemente complejo, formado por miles de distintas moléculas que constantemente participan en intrincadas cadenas de reacciones químicas. Nosotros mismos, nuestros cuerpos, no somos más que sistemas químicos. Es natural que algunas de estas numerosas reacciones tengan consecuencias indeseadas, pero inevitables.

Citocromo P450,
mostrando el grupo hemo
Las enzimas de la gran familia de los citocromos P450 –que, por cierto, están presentes en prácticamente todas las especies vivas conocidas– participan en muchísimas reacciones vitales para el organismo. Reacciones de óxido-reducción (sí, de esas que odiaba usted en las clases de química de secundaria), en las que toman electrones de algún compuesto, que se oxida, y lo pasan normalmente al oxígeno, que se reduce para formar agua. (Como curiosidad química, en su estructura tienen un grupo hemo, con un átomo de hierro en el centro, como el que contiene la molécula de la hemoglobina, la proteína responsable de transportar el oxígeno dentro de los glóbulos rojos de nuestra sangre, además darle su color rojo.)

Así, los citocromos P450 oxidan compuestos químicos para, por ejemplo, eliminarlos del organismo, pero a veces en el proceso los vuelven carcinogénicos. Así es la bioquímica: ni buena ni mala; solamente complicada.

¿Y las toronjas? Bueno, resulta que algo tan natural e inofensivo como el jugo y la pulpa de toronja contienen varios compuestos, entre los que se hallan la naringenina y la bergamotina, además de furanocumarinas, que pueden alterar la actividad de los citocromos P450. Y como estas enzimas son importantísimas para activar o para eliminar muchos de los medicamentos que se usan para tratar diversas enfermedades (incluyendo cáncer e infección por VIH), el consumo de toronja puede interferir peligrosamente con el tratamiento, causando que sea ineficaz o, por el contrario, favoreciendo una posible sobredosis. Si uno está bajo cualquier tratamiento farmacológico, es mejor evitarla.

¿Cuál es la moraleja? Que ni la naturaleza es sabia, ni lo químico es malo, ni las cosas se pueden reducir a simplonas frases de autosuperación. Que la vida misma es un proceso químico. Y que es importante saber química, y tener médicos y farmacólogos que la dominen, para poder vivir saludablemente.

No hay recetas fáciles: se necesita ciencia.

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