domingo, 7 de enero de 2018

Que veinte años no es nada…

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 7 de enero de 2018

(El título de la columna era
"Ciencia por moda o por interés"
pero apareció con errata.)
Es increíble cómo las redes sociales se han convertido en tan pocos años en una parte prominente, y para algunos casi indispensable, de nuestras vidas. Cuesta trabajo recordar –y a los más jóvenes les cuesta trabajo imaginar siquiera– cómo era el mundo antes de que hubiera Facebook y Twitter, internet, celulares, computadoras personales…

Justo el pasado sábado, después de verificar que los Reyes Magos otra vez se olvidaron de dejarme un regalo junto a mi zapato (snif), y cuando me disponía yo a escribir de otro tema para esta columna, Facebook me avisó, a través de una de esas alarmas que uno a veces agradece, aunque en otras ocasiones son odiosas y hasta dolorosas, que justo hacía 20 años, el 6 de enero de 1998, apareció publicada mi primera colaboración. Estoy, pues, celebrando dos décadas de “La ciencia por gusto”.

Usted podría preguntarse “¿pero cómo, si Milenio Diario, donde se publica la versión impresa, nació el 1º de enero del año 2000? Bueno, porque en sus primeros tres años, esta columna se publicaba en otro periódico (La Crónica de Hoy) donde, después de mucho buscar en diversas publicaciones, me dieron la oportunidad de escribir una columna semanal de ciencia. Ambición que, como buen fan de Isaac Asimov, yo tenía desde que comencé a dedicarme de lleno a la divulgación científica (en 1990). La columna no nació con su nombre actual: las primeras semanas apareció con el ligeramente más vago título de “Por el puro gusto”, que no acababa de convencer a este autor porque no contenía la palabra “ciencia”… hasta que poco después el proverbial foco se iluminó.

Y tampoco se trata de 20 años continuos: cuando en el 2000, por unos meses, entré a trabajar como editor web de ciencia en el diario Reforma, se me pidió que dejara de colaborar con “la competencia”, así que “La ciencia por gusto” dejó de publicarse unos años. Hasta que en mayo de 2003, nuevamente después de buscar en varios diarios, Milenio me abrió nuevamente las puertas del mundo periodístico, hace ya casi 15 años.

Durante estos 20 años –son ya 900 entregas, desde el mero principio– la columna ha logrado, creo yo, mantener el tono que buscaba imprimirle: no hablar sólo de noticias de ciencia, pues para eso están otros géneros periodísticos como la nota informativa, el reportaje, la entrevista… Lo que yo deseaba era hablar de cultura científica, entendida ésta como la posibilidad de entender la ciencia, sí, y enterarse de sus novedades, pero también de relacionarla y ponerla en contexto con el resto de la cultura y los sucesos cotidianos: la política, el arte, la economía, la televisión y el cine, las redes sociales, los chismes, los problemas sociales… Dejar de ver a la ciencia como un anaquel que uno sólo visita, si acaso, cuando necesita hacer una tarea escolar o resolver una duda, y convertirla en parte de la vida diaria.

Y al mismo tiempo, hacerlo de una forma personal, amena en lo que cabe, y tratando de mostrar que la ciencia y la tecnología son fuentes continuas de asombro, de gozo, de posibilidades y de nuevas preguntas (y ocasionalmente, claro, de problemas). Claro que no siempre lo logro, y muchas veces, más que el gusto por la ciencia, lo que comparto es mi disgusto y preocupación ante la ignorancia, la simulación y la mentira que buscan darle a la gente gato por liebre al presentar como ciencia cosas que no son más que embustes, o al ignorar lo que la ciencia nos dice ante problemas urgentes. Estoy convencido de que la ciencia, además de maravillosa, es algo que hay que tomarse muy en serio, y que toda sociedad moderna que quiera progresar debe tener siempre muy en cuenta.

Para mí, el viaje ha sido uno de los más largos y satisfactorios de mi vida, y espero que continúe por muchísimos años. Pero sólo ha sido posible, además de la confianza de los medios que me han acogido, gracias a usted, querida lectora o lector, que amablemente me presta cada semana unos minutos de su tiempo para permitirme hacer lo que más disfruto en la vida: compartir un poco de lo que voy descubriendo y disfrutando. ¡Gracias!

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domingo, 31 de diciembre de 2017

2018 y lo que sigue: un cuento pesimista

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 31 de diciembre de 2017

Cuando el Fantasma de Las Navidades Por Venir se le apareció al viejo y amargado Ebenezer Scrooge, le vaticinó que las decisiones que había tomado durante toda su vida determinarían su destino, y que éstas habían sido tan desafortunadas que su futuro amenazaba con ser tormentoso y lleno de dificultades, pesar y sufrimiento.

Scrooge, que en este cuento simboliza a la humanidad toda, no se podía decir sorprendido, porque ya antes había recibido las visitas de otros dos espectros.

El Fantasma de las Navidades Pasadas le había mostrado los múltiples errores que había cometido, y que habían pavimentado el camino hasta su situación actual. Entre otros, el avance industrial y económico desmedido, con el consecuente descuido del ambiente: desforestación, extinción de especies, contaminación y un terrible hoyo en la capa superior de ozono (aunque ese error había sido detectado a tiempo, y el mundo entero había logrado organizarse para ponerle remedio, proceso que sigue en marcha). Y, sobre todo, la liberación de gases de efecto invernadero, particularmente dióxido de carbono producto de la quema de combustibles fósiles como carbón y petróleo, y en menor medida de madera y bosques, que habían causado un terrible calentamiento global que volvía loco el clima y amenazaba con causar daños inimaginables a escala mundial.

Pero eso no era todo: Scrooge –la humanidad, en este cuento– había también permitido que el sistema económico mundial fuera regido por una ideología que algunos llaman neoliberalismo, aunque otros niegan su existencia, pero que había acentuado la desigualdad y debilitado el poder de los gobiernos para controlar a las grandes corporaciones. Y no sólo eso: también había permitido que el sistema educativo de muchísimos países se degradara, deslumbrado por promesas como que el uso de computadoras sustituiría a la enseñanza tradicional, o que los estudiantes ya no necesitaban saber cosas, sino sólo “saber cómo aprender”. Esto, sumado a la revolución digital, tuvo como resultado que las generaciones jóvenes casi no leyeran libros, y que cualquier texto de más de 140 caracteres fuera considerado como “demasiado largo”. Para no hablar del deterioro de sus habilidades matemáticas y su cultura general. Todo esto había tenido como consecuencia que el pensamiento crítico, la herramienta más poderosa de que el ser humano dispone para sobrevivir y hacer de su mundo algo mejor, fuera cada vez menos apreciado y estuviera cayendo en franco desuso (un preocupante signo de esto era la desconfianza en la ciencia y sus resultados que se había vuelto común en los medios y entre los ciudadanos de todas las naciones, para regocijo de charlatanes y conspiranoicos).

Pero además, Scrooge –que sigue siempre representando, en este relato, a la humanidad– había permitido que los viejos conflictos que hay entre religiones que no han pasado por un proceso de reforma y secularización, como el Islam, y el mundo occidental cristiano, o como los que persisten entre Israel y Palestina, siguieran creciendo hasta provocar nuevas guerras, actos de terrorismo y violencia, pérdida de libertades en diversos territorios y otros males parecidos.

El Fantasma de la Navidad Presente, por su parte, le mostró a Scrooge los resultados de todo esto: un mundo donde la injusticia y la desigualdad van en aumento, donde las instituciones que habían promovido un mundo con mayor bienestar para cada vez más personas se están desintegrando; donde la estabilidad laboral, la seguridad social, la paz, la salud y la confianza misma en un ambiente propicio, saludable y sostenible están en riesgo. Donde los ideales de la Ilustración se consideran obsoletos. Un mundo donde, simbólicamente, un sociópata ignorante, egoísta, mentiroso, inseguro, rencoroso e impulsivo como Donald Trump puede ser presidente del país más poderoso, y toma todos los día decisiones que dañan a millones de personas.

Dos de las más recientes, enfatizó el Fantasma de la Navidad Presente, son haber despedido a la totalidad de su Consejo Asesor sobre VIH/sida –lo cual hace temer que apoyará medidas retrógradas y peligrosas como promover la abstinencia en vez de impartir una necesaria educación sexual a los jóvenes estadounidenses– y lanzar una orden que prohíbe que el Centro de Prevención y Control de Enfermedades estadounidense  use palabras como “transgénero”, “feto”, “diversidad” “vulnerable”, ni las expresiones “basado en evidencia” o “basado en datos científicos”, lo cual representa, además de un riesgo para la salud del pueblo estadounidense, un ataque a la defensa de los derechos humanos y al pensamiento científico que había sido, entre otras cosas, uno de los motores del progreso de los Estados Unidos.

En este punto usted podría pensar que Scrooge sería más adecuado en esta historia para representar a Trump. Pero no es así: después de todo, Scrooge, al final del clásico cuento de Dickens, termina recapacitando y cambiando para volverse una mejor persona. Cosa que Trump jamás hará, porque está incapacitado para hacerlo. (Trump se parecería más, en todo caso, a Marley, el socio de Scrooge que terminó penando eternamente mientras arrastraba cadenas, y regresó sólo para intentar salvar el alma de su amigo, advirtiéndole de la próxima visita de los tres fantasmas.)

¿Y qué pasó entonces? Me encantaría decirle que Scrooge –la humanidad– recapacitó, tomó medidas urgentes para corregir todo lo que estaba mal, y que la historia tuvo un final feliz. Pero… no parece que vaya a ser así.

Y colorín colorado, este cuento, igual que este desconcertante año, se ha acabado. Este columnista le desea, a pesar de todo, el mejor 2018 que sea posible.

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lunes, 25 de diciembre de 2017

Grana cochinilla

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 24 de diciembre  de 2017

Grana, guinda, carmín, púrpura, carmesí… los nombres del color que nuestros ojos y cerebros interpretan como “rojo” son muy variados. Y la historia del color rojo, como la de otros colorantes, además de ser fascinante, ha estado desde siempre ligada a la de la química.

Los colorantes o pigmentos son sustancias que, gracias a las características de su estructura química, absorben ciertas longitudes de onda de la luz blanca del sol y reflejan otras (a su vez, esto es debido a la configuración de los electrones en los enlaces químicos que unen los átomos para formar dichas moléculas, electrones que pueden absorber fotones de luz de ciertas frecuencias, pero no los de otras). Así, una sustancia roja no emite luz roja, sino que absorbe todos los demás colores presentes en la luz blanca y refleja sólo la parte roja del espectro de luz visible.

Los colorantes han sido útiles, a lo largo de la historia, para impartir color a las creaciones humanas. Y pocas creaciones humanas dependen tanto del color como la ropa. Por eso ciertos colorantes, como el famoso púrpura de Tiro, que se extrae sólo de ciertas especies de caracol, y cuyo costo era estratosférico, se convirtieron en símbolos de riqueza, e incluso de la realeza.

Algo similar ocurrió con el colorante rojo llamado “grana cochinilla”, producido por el insecto conocido como cochinilla de la grana (Dactylopius coccus), originario de América y que infesta preferentemente las pencas de los nopales (Opuntia). Los pueblos originarios de México ya cultivaban y cosechaban la cochinilla para extraer el colorante. Cuando los conquistadores españoles descubrieron el valor de este “oro rojo”, que alcanzaba precios estratosféricos, comenzaron a comercializarlo en Europa, donde los tintoreros, que eran quienes teñían las telas usadas por la nobleza, se volvieron locos por él debido a su elegancia y calidad (pues aunque había otros colorantes rojos, como los obtenidos de frutos y bayas, pocos podían competir con la intensidad y permanencia de la grana). Pronto las telas rojas teñidas con grana cochinilla se volvieron sinónimo de riqueza y alcurnia.

Y, como se explica en la magnífica exposición “Rojo mexicano”, que se presenta en el Palacio de Bellas Artes desde el pasado 10 de noviembre, de los tintoreros la fiebre por el tinte de grana pasó a los pintores, que la buscaron primero para reproducir lo más fielmente posible los ropajes de los personajes nobles y poderosos que retrataban, y después como un pigmento único que enriqueció su paleta.

La exposición, que es una delicia, va desde la química del colorante y la biología de la cochinilla (el insecto produce ácido carmínico, molécula útil para repeler a sus depredadores; pero la cochinilla misma no es roja, porque el colorante sólo se produce al mezclar el ácido carmínico con alumbre para producir su sal de aluminio, que es la que tiene un intenso color rojo), pasando por la historia de su cultivo, en tiempos prehispánicos y durante la Colonia (hay unos apuntes maravillosos del gran divulgador científico virreinal José Antonio Alzate sobre el cultivo de la cochinilla), a sus usos en la industria del vestido y la pintura en diversos periodos, y hasta sus aplicaciones actuales en la industria alimentaria.

Y con ese pretexto, se presentan obras valiosísimas de pintura y artesanía mundial, entre ellas la famosa recámara de Van Gogh y otros cuadros únicos de pintores famosos, con una museografía de primera. Y, por si fuera poco, se habla también de ciencia, pues la exposición misma es producto de un proyecto científico-artístico en que se usó la más moderna tecnología para confirmar de forma categórica cuáles de esos pintores usaron realmente la grana cochinilla en sus obras, a lo largo de la historia del arte (spoiler: Van Gogh sí la usó, pero no para lo que uno hubiera pensado).

En 1856, cuando Van Gogh tenía apenas 6 años, el químico inglés William Perkin produjo en su laboratorio el primer colorante sintético, la malveína, de color púrpura, que sustituyó al carísimo púrpura de Tiro. Pertenecía a la clase de las anilinas, que eran muy baratas de producir. Luego llegarían otras de colores variados, incluyendo el rojo, con lo que el uso de la grana entró en decadencia… aunque algunos pintores, como el propio Van Gogh, la seguían prefiriendo a los pigmentos sintéticos para lograr algunos efectos. Y en décadas recientes la industria alimentaria ha dejado de usar ciertos colorantes rojos sintéticos, de propiedades cancerígenas, para sustituirlos por el llamado “rojo natural 4”, que no es otro que la grana cochinilla, que vive así un renacimiento, reforzado por el aprecio de artesanos y artistas modernos.

No sé si la túnica original de San Nicolás de Bari, de quien deriva la figura de Santa Clos, fuera roja, pero si lo fue, seguramente no estaba teñida con grana cochinilla, porque vivió alrededor del año 300, más de mil años antes del descubrimiento de América. Pero sí pudo estar teñida con algún colorante similar, pues, tal como se muestra en la exposición, hay regiones como Armenia o Polonia donde otras especies de insectos cercanas a la cochinilla de la grana se han usado para obtener colorantes similares, aunque en mucha menor escala.

Lo que sí sé es que, si anda usted en la Ciudad de México en estos días, y tiene un rato libre, puede aprovecharlo para visitar esta maravillosa y muy disfrutable exposición, que estará abierta hasta el 4 de febrero, de martes a domingo, de 10 a 18 horas (domingos entrada gratuita).

Este columnista le desea que haya pasado una muy feliz navidad.

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domingo, 17 de diciembre de 2017

Universum: 25 años de ciencia

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 17 de diciembre  de 2017

Cuando en 1989 el doctor José Sarukhán fue nombrado rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una de sus primeras decisiones fue cumplir un sueño largamente acariciado por la comunidad de divulgadores científicos, de la que él forma parte: construir un gran Museo de Ciencias.

Para realizar este magno proyecto eligió a una dependencia universitaria única en su género en el mundo: el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia (CUCC), fundado en por el doctor Luis Estrada Martínez, pionero de la divulgación científica en México. Su nuevo director, el doctor Jorge Flores Valdés, fue el encargado de encabezar la labor, que sin la menor exageración, y con la perspectiva que dan 25 años, puede calificarse de titánica.

Afortunadamente, había lo más importante: por un lado, voluntad política, que trae consigo dinero y la posibilidad de superar los obstáculos burocráticos y de otra índole que un proyecto así siempre enfrenta. Y por otro, algo que la UNAM nunca escasea: talento y capacidad para realizarlo. Además de recursos propios de la UNAM –que, finalmente, provienen de los fondos públicos que se nutren de los impuestos de todos los mexicanos–, hubo también apoyos federales y del entonces Departamento del Distrito Federal (y, si no me equivoco, también algunos fondos privados).

Flores puso manos a la obra y formó inmediatamente un equipo de asesores científicos, que encabezarían cada una de las 12 salas temáticas del museo, además de museógrafos, arquitectos, ingenieros, comunicadores, artistas gráficos y una plétora de expertos en las más diversas especialidades, que llegaron a enriquecer al personal de planta del CUCC.

También se contrató a un nutrido grupo de jóvenes estudiantes o recién egresados de carreras científicas, para servir como asistentes y como guías de las exposiciones parciales que, en varios puntos de la ciudad, sirvieron como pruebas piloto de las exhibiciones que formarían parte del futuro museo. (Yo tuve la suerte de formar parte del proyecto a partir de 1990, cuando entré como asistente de la doctora Julia Tagüeña, directora de la Sala de la Energía del Museo, oportunidad que siempre agradeceré, pues me abrió las puertas de una carrera de más de 27 años como divulgador científico.)

Cierto: en México ya existían valiosos museos de ciencias, como el antiguo Museo del Chopo, renacido como Museo de Historia Natural en la tercera sección del Bosque de Chapultepec, el Museo de Geología de Santa María la Ribera y el Museo Tecnológico de la Comisión Federal de Electricidad (Mutec-CFE), junto a los juegos mecánicos del mismo bosque. Pero el museo de Ciencias de la UNAM, que llevaría por nombre Universum (el rector Sarukhán en algún momento sugirió llamarlo Inspiratorium –recordando que la palabra “museo” viene de “musa”–, nombre que por suerte no pegó), sería un museo de tercera generación: no una colección pasiva de objetos (como fuera el del Chopo y seguía siendo el Geología), ni una muestra de maquetas móviles o dioramas (como el de Historia Natural y el de la CFE), sino un espacio interactivo, con aparatos que ofrecieran experiencias que sirvieran para comunicar los conceptos científicos a los visitantes (incluso en algunos casos cercanas a los experimentos que realizan los investigadores científicos en sus laboratorios). Los visitantes serían así participantes activos.

Cancelación del boleto del Metro
conmemorativo de los 25 años de
Universum
Luego del trabajo intenso, durante tres años, del inmenso equipo que Flores coordinó magistralmente, Universum abrió sus puertas el 12 de diciembre de 1992. Sería innumerable la lista de expertos y personalidades que colaboraron para hacerlo posible. Hoy el CUCC se ha transformado en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y Universum, con cambios y renovaciones –porque pese a crisis y limitaciones ha logrado ser un museo vivo–, ha cumplido 25 años en los que ha sido, sin duda, uno de los más importantes proyectos de divulgación científica de nuestro país. Y no sólo por los más de 18 millones de visitantes que ha atendido en ese lapso, sino por el impacto que ha tenido. A partir del inicio del proyecto, se desató una verdadera ola de construcción de museos y centros interactivos de ciencia en nuestro país y en Latinoamérica: meses después que Universum, se inauguraba en Chapultepec Papalote Museo del Niño, y siguieron otros en diversos Estados de la República (hoy la Asociación Nacional de Museos y Centros de Ciencia y Tecnología, AMMCCYT, creada en 1996, agrupa a 35 instituciones).

¿Puede medirse el impacto de Universum en la cultura científica de los mexicanos, en su educación, en nuestra sociedad y en el progreso de la ciencia y la tecnología en nuestro país? Sí y no, porque más allá de números y encuestas, lo que logran grandes proyectos como éste es alterar el ecosistema de ideas que conforman nuestra cultura.

Además de visitantes satisfechos, parejas de novios que han caminado por sus pasillos, alumnos de escuelas que han tenido experiencias gratas o quizá inolvidables, vocaciones científicas que han surgido, mensajes importantes que se han difundido, y de servir como catalizador para el crecimiento y maduración de la comunidad de divulgadores científicos profesionales en México, creo que el verdadero valor de Universum, así como de tantas otras actividades de divulgación científica que se realizan en el país, es hacer que nuestra cultura sea un poquito –aunque sea un poquito– menos ajena al pensamiento crítico y racional, y al conocimiento y comprensión de la ciencia y la tecnología.

Y eso, aunque no lo parezca, importa. Y mucho.
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domingo, 10 de diciembre de 2017

Comunicación de la ciencia: buenas noticias

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 10 de diciembre  de 2017

La semana pasada abundó en buenas noticias para la comunicación pública de la ciencia en México.

También conocida como divulgación científica, dicha labor, como ya se ha comentado frecuentemente en este espacio, busca promover la cultura científica de los mexicanos a través de movilizar los conocimientos generados por los científicos en sus laboratorios y publicados en revistas especializadas, recrearlos para volverlos accesibles y atractivos, darles un contexto que los haga relevantes y pertinentes para todos los ciudadanos, sin perder el necesario rigor que le da al conocimiento científico su confiabilidad, y finalmente difundirlos lo más ampliamente posible.

Sin embargo, en nuestro país hay relativamente pocos especialistas dedicados a esta actividad. Por ello es importante la existencia de estímulos que la fomenten, como el Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia “Alejandra Jaidar”, que desde 1991 otorga la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (Somedicyt), o los más recientes Premio Luis Estrada Martínez a la Divulgación Científica Realizada por Jóvenes, de la misma Somedicyt (ambos en memoria de pioneros de la divulgación científica en México), o el Premio CONACYT de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación, que otorga el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Y precisamente en días pasados se realizó la entrega de los tres premios. El primero, el 6 de diciembre, a Estrella Burgos Ruiz, reconociendo así la trayectoria de quien durante 37 años como divulgadora, periodista y editora ha sido una de las más ejemplares y entusiastas divulgadoras científicas de México y Latinoamérica. Además de los 19 años que ha dedicado a ser la editora de la exitosa revista ¿Cómo ves?, que durante ese mismo número de años ha publicado la Dirección General de Divulgación de la Ciencia (DGDC) de la UNAM, Estrella ha escrito libros, conducido programas de radio y televisión, colaborado en revistas y diarios, impartido cursos y organizado actividades de promoción del periodismo científico, tanto nacional como internacionalmente.

Ese mismo día, el Premio Luis Estrada para Jóvenes fue entregado a Diana Citlali Ávila Padilla, de Mérida, Yucatán, de 19 años y estudiante de física en la UNAM, quien propuso el diseño de Quiu App, “proyecto que incorpora la divulgación científica a las tecnologías de la información móviles”.

Al mismo tiempo, se llevaba a cabo en las instalaciones de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla el V Seminario Iberoamericano de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación, que cada año organiza el Conacyt: uno de los eventos que más ha hecho para promover y profesionalizar la actividad de periodismo científico en nuestro país.

En ese marco, el 7 de diciembre se reconoció a los ganadores del Premio Conacyt de Periodismo, en sus distintas categorías. En revistas impresas, Iván Carrillo Pérez por su reportaje “Axolotl: Un dios en peligro de extinción”, publicado en National Geographic Latinoamérica (con mención honorífica para Saraí Rangel Reyes, de Muy Interesante, por su trabajo “Especies invasoras en México. La bella plaga”). En radio, el ganador fue Carlos Hernández Zarza, con “¿Por qué el oso negro ha perdido miedo al hombre?”, transmitido en la estación UniRadio 99.7 FM, de la Universidad Autónoma del Estado de México (con mención honorífica para Jorge Alberto Ceja Morán, de Ibero 90.9 Radio, por “Cielos Oscuros”). Y en la categoría televisión, Hugo Garizurieta Bernabé resultó premiado por “Tzakatkiwi: el árbol cósmico”, de Radiotelevisión de Veracruz. (Desgraciadamente, la categoría de periódicos tuvo que declararse desierta, lo cual habla de la necesidad de seguir impulsando el periodismo científico nacional.)

Y aún hay más: el pasado 12 de diciembre el Museo de Ciencias Universum de la UNAM, uno de los proyectos de difusión de la cultura científica más importantes del país, celebró sus primeros 25 años, junto con el 19 aniversario de la revista ¿Cómo ves? Y próximamente se anunciará el ganador del Concurso de Divulgación y Periodismo de la Ciencia Gertrudis Uruchurtu, convocado por la propia DGDC-UNAM.

Como se ve, y a pesar de carencias y crisis, la divulgación científica en nuestro país recibe apoyo desde distintas trincheras, incluidas las institucionales. Simposios y premios como éstos, pero sobre todo la labor continua y entregada de los individuos que, jóvenes o no tanto, deciden dedicar su trabajo a lograr que la cultura científica se convierta en parte de la cultura popular de los mexicanos, son un rayo de esperanza para nuestro país. ¡Gracias!

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domingo, 3 de diciembre de 2017

¿Ciencia para qué?

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 3 de diciembre  de 2017

Gasto federal en CTI durante
el actual sexenio
“2017 fue un año pavoroso para la ciencia en México”, se lamenta Elías Camhaji en un interesante reportaje (“La ciencia, la oportunidad que México ha dejado pasar”) publicado el primero de diciembre en “Materia”, la sección de ciencia del diario español El país.

Se refiere a la situación, comentada aquí la semana antepasada, de que durante el actual sexenio –y a pesar de la promesa presidencial de incrementar el presupuesto en ciencia y tecnología hasta alcanzar el 1% del Producto Interno Bruto, como manda la ley correspondiente– dicha inversión, aunque aumentó un 40% en los tres primeros años, quedó luego estancada en un 0.54% de lo prometido.

Camhaji entrevista a líderes del sector científico mexicano que insisten en la importancia del desarrollo del sistema científico-tecnológico-industrial para el progreso del país y el bienestar de sus ciudadanos. “Ningún político negaría la importancia del conocimiento para el desarrollo del país, es incontrovertible”, afirma Juan Pedro Laclette, investigador de la UNAM y expresidente de la Academia Mexicana de Ciencias y del Foro Consultivo Científico y Tecnológico. Pero además, se necesita de la inversión privada para que el sistema funcione: “México no tiene un Samsung, como Corea del Sur, o un Nokia, como Finlandia, porque no tiene una estrategia transexenal que dé certidumbre a largo plazo para los inversores”, comenta Enrique Cabrero, director del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).

El escenario se agrava porque en 2017 el gasto en ciencia sufrió un fuerte recorte, que ha repercutido en universidades y centros de investigación, y muy señaladamente en el Conacyt. Como informa Esteban Illades en Milenio Diario, también el 1º de diciembre (“La crisis de las becas de Conacyt”), el recorte ha provocado que esta institución esté dejando de cubrir sus obligaciones con estudiantes becados que ha enviado al extranjero, sobre todo con retrasos en el depósito de sus becas y el pago de las colegiaturas en las universidades donde estudian. Se trata de una situación gravísima.

Recursos asignados al Conacyt
durante el actual sexenio
En este contexto, surge la pregunta de qué función pueden cumplir las columnas, artículos, blogs y secciones de divulgación científica, como éste que lee usted, en los medios como periódicos, revistas, radio, televisión y en internet.

Además de su función periodística de informar sobre los nuevos descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos, y de promover la discusión sobre cuestiones de política científica como las mencionadas arriba, ¿ayudan en algo espacios como éste al desarrollo de la ciencia y tecnología del país, o a mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos?

Yo argumentaría que sí. No sólo como periodismo, función de por sí valiosa en toda sociedad democrática que proporciona a los ciudadanos la información que requieren para formarse opiniones bien fundamentadas y para tomar decisiones responsables.

También porque la divulgación científica forma parte de la labor, mucho más amplia, pero también más borrosa, de difusión cultural. ¿Para qué sirve la difusión del arte y las humanidades, las funciones de teatro o danza, las exposiciones de pintura o escultura, la publicación de libros de poesía? Para nada práctico, si se tiene mentalidad mercantilista (aunque hoy se reconoce la importancia de la “economía cultural”). Pero como sociedad, nadie duda de que es un derecho de los ciudadanos tener acceso a la creación artística y cultural, y que ello resulta en un beneficio para la sociedad.

En particular, creo que la difusión de la cultura científica ayuda a propagar, en la compleja red de memes (en el sentido original de Richard Dawkins: ideas que circulan, compiten, se reproducen y mutan en los cerebros de una población) que conforman nuestra cultura, aquellos que tienen que ver con una visión del mundo que incluye el enfoque científico: racional, basado en evidencia y argumentos lógicos, y sujeto a discusión, verificación y corrección continua.

La divulgación científica no se trata de enseñar ni de convencer a nadie, sino de que las ideas científicas se esparzan y vayan formando un terreno fértil donde, con el tiempo, el ciudadano promedio, pero también los funcionarios, gobernantes, empresarios, líderes de opinión y tomadores de decisiones, vayan teniendo claro que el apoyo a la ciencia y tecnología son parte del futuro que deseamos para nuestra nación.

Lo malo es que por lo visto, y a pesar de lo que indudablemente se ha avanzado, falta mucho para lograrlo. Ojalá el próximo sexenio tengamos mejor suerte.

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domingo, 26 de noviembre de 2017

La era de la locura

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 26 de noviembre  de 2017

El mundo parece estarse yendo a la mierda. En muchos sentidos, pero hoy quiero referirme a uno muy específico: al preocupante hecho de que nuestra especie está perdiendo lo más valioso que tiene, el conocimiento, para sustituirlo por la locura.

Un ejemplo concreto: hace unos diez años, en los cursos que constantemente imparto sobre cómo escribir de ciencia para un público general, cuando en la sección dedicada al combate a las seudociencias (una parte importante, aunque poco apreciada, de la labor de divulgación científica), solía mencionar la existencia de personas que creen que la Tierra es plana, e incluso le mostraba a los alumnos la existencia de una “Sociedad de la Tierra Plana” (Flat Earth Society). Su reacción era de absoluta incredulidad: no podían concebir que hubiera gente que realmente creyera tonterías como esa.

Hoy las cosas son muy distintas: no sólo hallamos por todos lados noticias sobre “tierraplanistas” (especialmente en internet, y especialmente videos en YouTube dando elaboradas explicaciones de por qué creen tal cosa), sino que la semana pasada nos enteramos por la prensa y los medios masivos de la celebración en Carolina del Norte de la primera Conferencia Internacional de la Tierra Plana (Flat Earth International Conference, o FEIC), evento que, según reportó Milenio Diario el pasado 21 de noviembre, está “destinado a cuestionar que la Tierra sea esférica”.

Más específicamente, según la página web oficial del evento, tenía como propósito “la verdadera investigación científica sobre la Tierra creada” (cursivas mías). Los argumentos que dan los creyentes en la Tierra plana son francamente hilarantes: una conspiración mundial que agruparía a todas las potencias espaciales, el uso de photoshop para alterar todas las fotos que muestran a la Tierra desde el espacio, la negación de toda la física, desde Newton hasta Einstein, que explica la gravedad y el movimiento de los cuerpos (para algunos tierraplanistas –porque hay varias subespecies– la gravedad es sólo el efecto del avance del disco plano de la Tierra a través del espacio, que nos mantiene pegados al suelo) y muchas otras tonterías.

Por supuesto, la idea de una Tierra plana es muy antigua y está ligada a muchas viejas concepciones mítico-religiosas, como la de que el firmamento está pintado en una inmensa cúpula que cubre todo el mundo, a través de la cual se mueven la Luna y los planetas… de algún modo. Muchos tierraplanistas creen también que los límites de lo que tendríamos que llamar “el disco terrestre” están formados por un muro inaccesible de hielo, por el que nada puede pasar. Cuando se les cuestiona sobre si creen que debajo de la Tierra plana haya cuatro elefantes sostenidos por una inmensa tortuga, o alguna otra de las múltiples creencias antiguas sobre el tema, simplemente eluden la pregunta diciendo que “nadie puede saber” qué hay más allá del mundo conocido.

Rascando un poquito se descubre pronto que muchos de los defensores de la Tierra plana basan su creencia en ideas religiosas (de ahí lo de “Tierra creada”), sobre todo provenientes del cristianismo literalista de muchas iglesias protestantes norteamericanas. Milenio reporta que el organizador de la Conferencia, un tal Robbie Davidson, afirma que la visión científica del mundo (que él califica de “agenda” y llama, confusamente, “cientificismo”) busca, a través de ideas como la evolución o la teoría del Big Bang, “alejar a las personas de dios”.

Usted podría pensar que se trata sólo de un grupo de locos. Pero es un grupo creciente. Y no se trata sólo de los tierraplanistas y de los fanáticos religiosos extremos que niegan la evolución y defienden el creacionismo y la interpretación literal de la Biblia, incluyendo la creación de Adán y Eva, el diluvio y el arca de Noé. Están también los negacionistas del sida, que no creen que esta enfermedad sea contagiosa ni producida por un virus; los negacionistas del cambio climático, de los cuales el más peligroso es hoy presidente de los Estados Unidos; los negacionistas de las vacunas, que siguen creciendo en número y han logrado ya que en varios países resurjan los brotes de enfermedades ya controladas y casi eliminadas, como sarampión o paperas. Y muchos otros que desconfían, por sistema, del conocimiento científico y defienden las más peregrinas y peligrosas teorías de conspiración.

Se trata, literalmente, de la decadencia de una cultura global, surgida desde la Grecia antigua, retomada, luego de una oscura Edad Media, durante el Renacimiento, y que gracias a la Ilustración llegó a ser la base de las sociedades modernas. Hoy, gracias a los fenómenos paralelos del deterioro de la educación a nivel global, y del surgimiento de la era de la información, se han dado las condiciones para su caída.

La era de la información trajo consigo, paradójicamente, a la era de la desinformación. Y desinformación no quiere decir falta de información, sino por el contrario, un exceso de información errónea, falsa, sesgada y malintencionada (otros nombres que recibe son fake news, posverdad). Y ésta circula gracias dos factores. Uno, la facilidad con que ciertas personas pueden caer en un exceso de racionalización que toma datos creíbles y lógicos, pero falsos, o bien elegidos selectivamente para apoyar una conclusión previa (lo que en inglés de llama cherry-picking), para acabar creyendo ciegamente en teorías de conspiración. Y dos, la facilidad con que podemos transmitir información de forma instantánea, masiva y gratuita a través de internet y las redes sociales virtuales.

Urge que, como sociedades a nivel mundial, hagamos algo para evitar la inminente nueva Edad Media que nos amenaza. Y las únicas armas de que disponemos son las mismas que siempre hemos tenido: la educación y la defensa de la cultura y el conocimiento.

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