domingo, 19 de noviembre de 2017

El fracaso de Peña Nieto

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 19 de noviembre  de 2017

En junio de 2012, durante la campaña presidencial, Enrique Peña Nieto hizo enviar un correo electrónico a todos los miembros del Sistema Nacional de Investigadores –organismo que agrupa a los principales expertos científicos del país– ofreciéndoles, de ser electo, elevar el gasto en ciencia y tecnología hasta alcanzar la cifra mínima recomendada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): 1% del producto interno bruto (PIB).

Ya electo, en septiembre del mismo año, en un evento titulado “Hacia una agenda nacional en ciencia, tecnología e innovación”, al que asistieron rectores y directores de universidades, además de destacados miembros de la comunidad científica y tecnológica del país, criticó que México invirtiera sólo el 0.4% en ciencia y tecnología, y ofreció aumentar dicha inversión en 0.1 cada año, hasta llegar al final de su sexenio al deseado 1%.

Más adelante, en 2015, durante la entrega de los Premios de Investigación de la Academia Mexicana de Ciencias, Peña Nieto pudo presumir que dicha inversión se había incrementado en un 36%, para llegar a 0.54% del PIB.

Sin embargo los problemas, como las excusas, nunca faltan. Y en este caso llegaron en forma de crisis petrolera y económica, devaluación, crisis de seguridad nacional, desastres naturales, presiones políticas y otros factores que han hecho que en los últimos años, la promesa de Peña Nieto haya quedado no sólo incumplida, sino olvidada.

¿Es grave esto? ¿Por qué tendría un país como México, con tantos problemas, dedicar tanto dinero a la ciencia y la tecnología? ¿Debemos obedecer ciegamente las órdenes de la OCDE?

La OCDE es un organismo internacional que agrupa a 35 países, uno de los cuales es México, y que tiene como objetivo coordinar las políticas económicas y sociales de sus miembros. Aunque se trata de un ente muy polémico, no hay duda de que la recomendación que hace a sus países miembros de invertir al menos el 1% de su PIB en ciencia y tecnología es un consejo excelente, basado no en una cierta ideología económica, sino en el hecho incontrovertible de que aquellos países que históricamente han invertido más en estos rubros son los mismos que presentan un mayor desarrollo no sólo científico, sino económico e industrial, medido a través del número de patentes, de empresas nacionales, y de la cantidad de dinero y empleos que éstas generan. Y este desarrollo científico-tecnológico-industrial se refleja no sólo en el bienestar y nivel económico de su población en general, sino también en el poderío económico y político de esas naciones, y por tanto en su nivel de autodeterminación, independencia y libertad.

En cambio, los países económicamente menos desarrollados, como el nuestro, tenemos un menor nivel de vida, menos poder de negociación y debemos someternos a las reglas que dictan los poderosos. Somos por tanto menos libres. Y todo esto es, en gran parte, producto de las decisiones que nuestros políticos toman respecto a la inversión en rubros como educación, por un lado, y ciencia y tecnología, por otro. No olvidemos que el 1% recomendado por la OCDE es sólo un mínimo, no un monto idóneo. Sólo como comparación, China dedica el 1.5% de su PIB a estos rubros, mientras que Brasil y Sudáfrica invierten el 1%. Y eso por no mencionar a países como Estados Unidos, con el 2.8, o Francia, con el 2.2.

Este año se acaba de aprobar en el Congreso el Presupuesto Federal para 2018. Y la inversión –que no gasto– en ciencia y tecnología, aunque no disminuyó, tampoco aumentó gran cosa, lo cual, en la práctica, implica un retroceso. Si bien, como comenta Alejandro Canales en una nota de la semana pasada en el suplemento Campus Milenio, los Diputados lograron incrementarlo de casi 91 a casi 92 mil millones de pesos respecto a la propuesta presentada originalmente por el Poder Ejecutivo, lo cierto es que no llegaremos mucho más allá del 0.5%. Con ello, nuevamente se estará violando el artículo 9 bis de la Ley de Ciencia y Tecnología de nuestro país, vigente desde 2002, que a la letra especifica que: “El monto anual que el Estado destine a las actividades de investigación científica y desarrollo tecnológico […] no podrá ser menor al 1% del producto interno bruto del país”. Hecho que ya ha sido denunciado, a lo largo de tres sexenios, por la comunidad científica mexicana.

Se trata, sin lugar a dudas, de un grave fracaso, de una importante promesa incumplida del presidente del “te lo firmo y te lo cumplo”. Un fracaso que refleja, además, los valores de nuestra sociedad, que no acaba de entender que para salir del tercer mundo necesitamos reevaluar a fondo las prioridades nacionales y entrar de lleno al siglo XXI.

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domingo, 12 de noviembre de 2017

…Y los transgénicos no fueron un peligro

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 12 de noviembre  de 2017

El pasado 18 de septiembre la Gaceta UNAM, órgano oficial de la Universidad Nacional Autónoma de México, presentó una portada impactante: una foto a plana completa de mazorcas de maíz, con un titular que anunciaba: “Invasión de maíz transgénico” (sólo le faltaron los signos de admiración para parecer un titular del extinto Alarma!). “Secuencias de ese grano, en 82% de alimentos derivados” ampliaba un “balazo” más abajo.

Adentro, en la página 8, el artículo correspondiente, en la sección “Voces académicas”, llevaba como encabezado otro dato alarmante: “90.4% de tortillas en México contiene maíz transgénico”. El texto informaba que una investigación de un equipo encabezado por la doctora Elena Álvarez-Buylla Roces, del Instituto de Ecología de la UNAM, y de su Centro de Ciencias de la Complejidad, había revelado que en distintos productos de maíz que se consumen en México hay presencia de grano transgénico.

El estudio consistió en tomar muestras de productos de maíz –tortillas, cereales, tostadas y harinas– en supermercados y tortillerías, los cuales se sometieron a análisis genéticos para detectar secuencias de ADN transgénico. Para comparar, se analizaron también tortillas elaboradas artesanalmente por campesinos con maíz nativo. Aunque en ambos casos se hallaron secuencias transgénicas, éstas fueron mucho más abundantes en los productos comerciales: 82%. En tortillas el porcentaje de presencia de transgénicos era todavía mayor: 94%.

Para mayor inquietud, el estudio también detectó presencia del herbicida glifosato en varios de los productos analizados (30% de aquellos que presentaban las secuencias transgénicas que proporcionan resistencia a este compuesto). En 2015, el glifosato fue clasificado como “probablemente carcinogénico [es decir, cancerígeno] para humanos” por el Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés), dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Estos datos causaron, naturalmente, alarma. Un boletín con la misma información, emitido el mismo día por la Dirección General de Comunicación Social de la UNAM, fue reproducido inmediatamente por numerosos medios de comunicación (entre otros, Excélsior, SinEmbargo, La Jornada, Milenio Diario y hasta La Jornada en Maya).

¿Qué tan justificado está el temor? Analizado con más detenimiento, muy poco.

En primer lugar, el estudio original fue publicado en Agroecology and Sustainable Food Systems, publicación que muchos calificarían de poco relevante, debido a su bajo factor de impacto (una medida de su calidad y confiabilidad científica). Pero además, el estudio, el boletín y los artículos periodísticos dan por hecho un dato falso: que el consumo de maíz transgénico puede ser dañino para la salud.

De hecho, la investigación de Álvarez-Buylla y colaboradores indica exactamente lo contrario: el maíz transgénico está presente en prácticamente todos los productos de este grano que consumimos los mexicanos, probablemente desde hace años, y no ha habido evidencia de impactos negativos en la salud de la población. ¿Qué mejor prueba de su inocuidad?

Por otro lado el glifosato –fabricado por la satanizada Monsanto– es el herbicida más usado en el mundo, y se utiliza desde los años 70. Su clasificación en el grupo 2A del IARC simplemente indica que hay evidencia suficiente en animales, pero limitada en humanos, de su carcinogenicidad, y no se ha logrado establecer una relación causal sólida. El peligro que presenta es el mismo que el de consumir papas fritas, carne roja, cualquier bebida muy caliente (a más de 65 grados centígrados) o el de trabajar en una peluquería: todos riesgos clasificados en el mismo grupo 2A. Además, un reporte publicado en 2016 por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) concluye que, en las dosis a las que puede estar expuesto un consumidor normal, “no es probable que el glifosato plantee riesgo de carcinogénesis en humanos por exposición en la dieta” (de hecho, se halló que incluso con dosis tan altas como 2 gramos por kilogramo de peso, no tenía efectos cancerígenos en mamíferos, un modelo animal adecuado para valorar riesgos en humanos: una persona de 70 kilos tendría que comer 140 gramos de glifosato para alcanzar esa dosis).

El 6 de noviembre, la propia Gaceta UNAM publicó, en “Voces académicas”, un texto titulado “Presencia de maíz transgénico de importación en México, 20 años de inocuidad en productos derivados para consumo humano y animal” firmado por Francisco Bolívar Zapata, Luis Herrera Estrella –dos pioneros mexicanos de la biotecnología mundial– y Agustín López-Munguía Canales (quien además de su labor como investigador, ha desarrollado un magnífico trabajo como divulgador de temas de biotecnología). Esta respuesta pone en claro muchas de las inexactitudes expuestas por Álvarez-Buylla y colaboradores, entre otras que nada tiene de novedad que haya presencia de transgénicos en productos de maíz en México, dado que su consumo está autorizado desde 1996 –sujeto a lineamientos de bioseguridad de la OMS, la FAO y la COFEPRIS– y tomando en cuenta que nuestro país importa anualmente más de 10 millones de toneladas de maíz estadounidense, 90% del cual es transgénico.

Estos expertos aclaran también que “Los alimentos modificados genéticamente son los más estrictamente evaluados para autorizar su comercialización, y a la fecha no se ha reportado daño derivado de [su] consumo para la salud humana o animal”. Finalmente, explican que en la información que circuló se omite especificar qué cantidad de genes transgénicos se halló en los productos de maíz analizados: los datos del propio artículo de Álvarez-Buylla y colaboradores muestran que casi 60% de los productos analizados contienen menos de 5% de transgénicos, por lo que según las normas internacionales calificarían como “libres de OGMs”.

En resumen, se trata una vez más de información parcial, sesgada, que se presenta de manera estridente para generar un impacto mediático y generar alarma. Afortunadamente, la Gaceta UNAM ha corregido: esperemos que los medios de comunicación hagan lo propio.

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domingo, 5 de noviembre de 2017

Arqueología de la fotosíntesis

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 5 de noviembre  de 2017

La fotosíntesis
Es casi un lugar común comparar la labor de los investigadores científicos con la de un detective. Sin embargo, es una comparación muy útil, pues en ambos oficios lo que se busca es descubrir la solución a un enigma.

Y uno de los enigmas más antiguos en biología, aparte de la aparición misma de la vida, es cómo pudo surgir el proceso que permite a los organismos tomar la energía del sol para, transformándola en energía química, fabricar los compuestos orgánicos que dan sustento a prácticamente todos los ecosistemas terrestres.

Es bien sabido que el proceso bioquímico que hace esto posible es la fotosíntesis: las plantas toman dióxido de carbono y agua de la atmósfera y, con ayuda de los fotones que captura el pigmento llamado clorofila, que se halla en los cloroplastos de sus hojas, los transforman en azúcares o carbohidratos (que luego el metabolismo celular puede transformar en muchos otros compuestos necesarios para la vida). Como producto secundario, el proceso produce oxígeno que se libera a la atmósfera. Básicamente, la fotosíntesis transforma aire en tejido orgánico y oxígeno, con ayuda de la energía solar.

Sistemas de reacción fotosintéticos de una planta
Lo que es menos sabido es que no sólo las plantas realizan la fotosíntesis: también muchos tipos de microorganismos evolutivamente más antiguos, como algas y algunas bacterias. La fotosíntesis en todos ellos se basa en ciertas proteínas llamadas “centros de reacción” o “fotosistemas” que contienen los pigmentos fotosintéticos (clorofilas, porque las hay de varios tipos, y carotenoides) y muchas otras moléculas. Cuando un fotón solar es absorbido por éstos, excita un electrón del pigmento, que puede entonces moverse a otra molécula, y luego a otra en una cadena dentro del centro de reacción, liberando energía en cada paso. En algunos de estos pasos, la energía se utiliza para llevar a cabo reacciones químicas que, en última instancia, llevarán a producir los compuestos necesarios para captar el dióxido de carbono, romper la molécula de agua, combinarlos y fabricar así carbohidratos.

¿Cómo surgió, evolutivamente, un proceso tan complejo y eficiente como la fotosíntesis? Durante décadas, los bioquímicos y biólogos moleculares han estado intentando descubrirlo a través de los estudios de evolución molecular, que se basa en comparar la estructuras de proteínas (o las secuencias de información contenida en los ácidos nucleicos, que determinan cómo se fabrican las proteínas) de distintos organismos, para tratar de hallar las relaciones evolutivas entre éstos y poder reconstruir así su historia.
El fotosistema de
Heliobacterium modesticaldum

Pues bien: en julio pasado, un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Arizona, en Estados Unidos, publicó en la prestigiosa revista Science el análisis detallado de la estructura molecular de centro fotosintético de reacción de Heliobacterium modesticaldum, la bacteria fotosintética más simple que se conoce hasta ahora, descubierta en los géiseres de Islandia en los años noventa. Lo lograron utilizando la técnica de cristalografía de rayos X, que les permitió determinar la posición de cada átomo en la proteína con una precisión de 2.2 diezmillonésimas de milímetro.

Lo que hallaron fue un sistema fotosintético extremadamente simple, formado por dos subunidades idénticas. Esto es muy diferente a lo que existe en especies más modernas, que tienen subunidades distintas (son “asimétricos). Además, la heliobacteria no puede usar dióxido de carbono como materia prima para la fotosíntesis, y no sólo no produce oxígeno (muchos otros tipos de fotosíntesis tampoco lo hacen), sino que el oxígeno es mortal para ella (lo que dificultó mucho cultivarla para poder realizar los estudios).

En pocas palabras, el centro de reacción de esta bacteria es un fósil molecular que es lo más parecido que tenemos a lo que tuvo el primer organismo fotosintético que surgió en el planeta, hace unos tres mil millones de años.

Pero los detectives moleculares no están satisfechos: seguirán investigando hasta descubrir más pistas que permitan reconstruir el complicado árbol genealógico de la fotosíntesis, y resolver así el misterio que los inquieta.

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domingo, 29 de octubre de 2017

La Muerte

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 29 de octubre  de 2017

La Muerte, esa señora tan Catrina y elegante que concibió Posada y popularizó Rivera, está siempre presente en la cultura de los mexicanos. Y sobre todo en estas fechas, a través de costumbres y ritos milenarios (altares, panes de muerto) o recientísimos (desfiles surgidos a raíz de una película de James Bond).

Pero su presencia se ha sentido mucho más luego de los sismos que nuestro país padeció en septiembre pasado. Y ha hecho renacer en muchos de nosotros inquietudes, insomnios y temores que normalmente logramos soslayar.

Dice Fernando Savater que un niño se convierte verdaderamente en un ser humano cuando, quizá en una noche de insomnio, y a causa quizá de la muerte de una mascota, o de la abuelita, se da cuenta súbitamente de que también él va a morir: de que es mortal. Es la conciencia de nuestra propia mortalidad la que nos hace humanos. Pero al mismo tiempo, dicen otros pensadores cuyos nombres ahora se me escapan, es nuestra capacidad de olvidarnos de ello, es decir, de evadir en la vida diaria la certeza de nuestra mortalidad, lo que nos permite seguir viviendo sin volvernos locos de angustia existencial. Los sismos vinieron a dar al traste con esta estrategia de cordura y supervivencia, y a recordarnos que somos mortales.

Cuando uno es científico tiende a buscar, si no consuelo –que para eso suelen ser mucho mejores la filosofía o la religión–, al menos una mejor comprensión de las cosas a través de lo que nos dice la ciencia (los científicos tenemos exacerbada esa natural tendencia humana a no sentirnos cómodos con algo que no entendemos).

¿Qué nos dice respecto a la muerte? En primer lugar la obviedad de que es parte del ciclo de la vida. Así como nacemos, todos morimos. Y probablemente eso está bien: basta pensar qué pasará si la ciencia médica logra su largamente acariciado objetivo de alargar la vida humana, quizá hasta volverla ilimitada. ¿Qué pasaría con una sociedad donde nadie muriera, donde los adultos no dejaran su lugar a los más jóvenes? ¿Qué cambios sociales y económicos traería eso? ¿Cómo afectaría al planeta?

Por su parte, la biología nos dice de dónde viene la muerte: es el precio que hemos pagado los seres multicelulares por tener cuerpos complejos, formados por miles de millones de células.

La muerte no existe como parte del ciclo de vida de los seres unicelulares, que para reproducirse sólo se dividen. Son, en este sentido, inmortales. La muerte parece haber surgido con la aparición de la multicelularidad. Durante el desarrollo y como parte indispensable del ciclo vital de un organismo, millones de células nacen y mueren continuamente. Y el organismo completo vive durante un periodo limitado, y luego fallece. Cuando se pierde la capacidad de morir, por ejemplo cuando un grupo de células de nuestro cuerpo se vuelve inmortal y comienza a dividirse sin control, da origen a un cáncer (que, paradójicamente, ocasiona la muerte del organismo entero).

Pero la ciencia también nos ayuda a adquirir un sentido de la perspectiva: los nerds podemos hallar cierto consuelo en que, terrorífica como parece, nuestra propia muerte significa bien poco cuando se piensa que todo muere, tarde o temprano. Las construcciones humanas duran, pero no para siempre. Los continentes cambian y se desdibujan, y lo que ahora son México y Centroamérica dejarán algún día de existir para sumergirse bajo el mar. Y el propio planeta Tierra dejará un día de existir cuando, dentro de unos cinco mil millones de años, el Sol agote su reserva de combustible y se convierta en una estrella gigante roja, calcinando nuestro mundo.

Yo espero que para entonces la humanidad haya colonizado otros planetas y sobreviva. Pero incluso eso se acabará, porque el universo no es eterno: quizá siga expendiéndose eternamente, y enfriándose hasta convertirse finalmente en un desierto muerto y congelado, donde nada cambie y nada se mueva, y sólo la Catrina ría, triunfante. Aunque otros modelos predicen que podría comenzar a contraerse, hasta destruir todo en una implosión cósmica –el Big Crunch– que sería el inverso del Big Bang (y quizá el inicio de uno nuevo). O podría expandirse aceleradamente hasta desgarrar literalmente la materia, los átomos y el tejido mismo del espaciotiempo: lo que los cosmólogos denominan el Big Rip. No sabemos aún cuál de estos escenarios es el más probable, pero todos hacen que nuestra Muerte individual parezca más bien insignificante.

No sé si después de leer esto usted se sienta reconfortado, o más deprimido. Pero le deseo un feliz Día de Muertos. Y mejor si es comiendo pan con chocolate.

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domingo, 22 de octubre de 2017

El oro de las estrellas

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 22 de octubre  de 2017

Desde hace algunas semanas, entre la comunidad de astrofísicos y expertos en relatividad y cosas similares había corrido un rumor: “se aproxima un gran anuncio en relación con las ondas gravitacionales”.

Usted recordará que este año el premio Nobel de física se entregó a los creadores del detector LIGO, que el 11 de febrero de 2016 permitió detectar, por primera vez, dichas oscilaciones del espacio tiempo, predichas por la teoría de la relatividad de Einstein. Fueron producidas por el choque de dos hoyos negros que, atraídos por su propia gravedad, fueron girando cada vez más rápido en un remolino que los acercó más y más hasta que, al chocar y fundirse, hicieron temblar el tejido del cosmos como una gelatina.

Desde entonces se habían detectado, gracias a los dos detectores LIGO ubicados en distintas partes de los Estados Unidos, y a su primo menor Virgo, en Italia, otras tres fuentes de ondas gravitacionales, también debidas a la fusión de hoyos negros.

Pero el pasado 16 de octubre, la comunidad astronómica finalmente anunció al mundo, en una conferencia de prensa en Washington, DC, que dos meses antes, el 17 de agosto, habían detectado un quinto evento cósmico que emitió ondas gravitacionales intensas durante nada menos que 100 segundos. Gracias a que se tienen detectores tres puntos, los dos LIGO y Virgo, se logró triangular con cierta precisión la región del espacio de donde provenían las ondulaciones.

Dos segundos después el telescopio espacial Fermi de la NASA detectó, en esa misma región, un fenómeno llamado “emisión de rayos gamma”: un tipo de evento que libera cantidades inmensas de radiación electromagnética, y cuyo origen era incierto hasta ahora. Inmediatamente, astrónomos en todo el mundo dirigieron sus telescopios de distintos tipos al cielo. Doce horas más tarde, detectaron luz visible e infrarroja proveniente del mismo punto, ubicado a 130 millones de años luz, en la constelación de la Hidra, y una semana después rayos X, y luego ondas de radio.

Toda esta información permitió deducir que la causa del evento fue el choque de dos estrellas de neutrones que giraban una alrededor de la otra (algo que ya se había predicho teóricamente con mucha precisión). Al fundirse, emitieron ondas gravitacionales y radiación electromagnética –luz visible, rayos gamma, X e infrarrojos, y ondas de radio–, además de cantidades enormes de elementos químicos pesados recién formados, como oro, plata, platino, uranio y varios más.

Origen cósmico de
los elementos químicos
Desde los años ochenta, el astrónomo y divulgador Carl Sagan nos había enseñado que “estamos hechos de materia estelar”: los átomos que constituyen todo el universo fueron “cocinados” en estrellas, a partir de hidrógeno y helio. A su vez éstos, los elementos más ligeros de la tabla periódica, fueron creados en el big bang. A partir de ellos, las estrellas, gracias a las reacciones termonucleares que las hacen brillar, producen otros elementos más pesados como carbono, oxígeno y muchos otros. Pero los elementos más pesados que éstos sólo se producen cuando las estrellas especialmente grandes, luego de acabar de quemar el combustible que las mantiene en equilibrio, se contraen debido a su propia gravedad, y luego explotan para convertirse en supernovas. En este proceso se forman dichos elementos más pesados, que son expulsados hacia el espacio.

El remanente de estas explosiones es a veces, dependiendo de la masa de la estrella que explota, una estrella de neutrones: una esfera de sólo unos 20 kilómetros de diámetro, formada casi exclusivamente por neutrones, y que tiene una densidad inimaginable: puede pesar el doble que el Sol. Una cucharadita de este material pesaría unas mil millones de toneladas, o unas 900 veces el peso de la Gran Pirámide de Egipto. Fueron dos de estas esferas de materia superdensa las que chocaron en el evento detectado el 17 de agosto.

Además de producir ondas gravitacionales y electromagnéticas, este cataclismo cósmico mostró que la principal fuente de elementos químicos pesados en el universo no son, como se pensaba hasta ahora, las supernovas, sino los choques de estrellas de neutrones, que producen lo que se conoce como kilonovas. En particular, se calcula, por ejemplo, que la kilonova de agosto produjo una cantidad de oro equivalente a unas 10 veces la masa de la Tierra. Además, ayudó a precisar el valor de la llamada constante de Hubble, que indica a qué velocidad se está expandiendo el universo, y prácticamente resolvió el misterio del origen de las emisiones de rayos gamma, entre otros importantísimos avances.

Cuando el año pasado se descubrieron las ondas gravitacionales, se dijo que ahora los astrónomos tenían una nueva “ventana” disponible, además de la radiación electromagnética ­para estudiar el universo. Tan sólo un año después, esta nueva herramienta comienza a dar resultados de gran riqueza, y confirma que el Nobel de física de este año no pudo haber sido más acertado.

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domingo, 15 de octubre de 2017

El Estado Laico, bajo ataque


Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 15 de octubre  de 2017

Aunque muchos pesimistas profesionales se nieguen a reconocerlo, es un hecho que la humanidad progresa.

Parte de sus avances se los debemos a la ciencia (y su ahijada, la tecnología). La prensa de tipos móviles, las vacunas y antibióticos, los transportes y las telecomunicaciones, la computación, internet y todos sus derivados… todo ello ha contribuido a mejorar el nivel de vida y la posibilidades de desarrollo de una fracción cada vez más grande de la humanidad. Basta considerar que la tasa de mortalidad promedio a nivel global descendió de 800 a menos de 100 por cada 100 mil habitantes entre 1900 y el año 2000, mientras que la esperanza de vida subió de 50 a más de 75 años en el mismo periodo.

Pero otra parte del progreso se debe a avances humanísticos, filosóficos y jurídicos: hasta hace no poco la esclavitud, el racismo, la discriminación por orientación sexual o por minusvalía, y el maltrato y restricción de derechos a las mujeres (¡la mitad de la población humana!) eran vistas como algo normal, natural o hasta benéfico y necesario. Hoy, aunque siguen ocurriendo, han disminuido notoriamente y son ya indefendibles.

Y hay que decir que la ciencia ha jugado también su parte en estos logros, al mostrar que la idea de que existen razas humanas, o de que hay diferencias en las capacidades entre los sexos, o de que las orientaciones no heterosexuales son enfermedades, carecen totalmente de sustento. (Y los desarrollos tecnológicos también han jugado su parte en estos avances: desde la imprenta hasta las computadoras, internet y las redes sociales, han colaborado a que el conocimiento y la educación, la discusión democrática, la rendición de cuentas, la denuncia de injusticias y la organización de movimientos en defensa de los derechos humanos estén al alcance de un número cada vez mayor de ciudadanos en el mundo.)

Entre los avances sociales más importantes que la humanidad ha logrado está reconocer que no puede haber Estados modernos y justos donde no haya democracia, libertades ciudadanas y acceso a los derechos humanos fundamentales. Y parte importantísima de eso es que haya una separación entre Iglesia y Estado: un Estado moderno tiene que ser un Estado Laico. En parte porque sólo dejando a las creencias religiosas fuera del ámbito de gobierno pueden evitarse injusticias que beneficien a quienes profesan alguna religión por encima de quienes tienen creencias distintas, o a quienes no las tienen. Pero también porque muchas de estas creencias, que al aplicarse al ámbito público afectan la vida de las personas, carecen de sustento más allá del dogma: no sirven para resolver problemas reales, ni como sustento para tomar decisiones en beneficio público. Es por eso que en todas las sociedades modernas, incluyendo la mexicana, la ley privilegia el conocimiento científico, basado en evidencia confiable, como base para tomar las decisiones que afectan y regulan la convivencia social.

En México, esta lucha se dio al menos desde 1859, con la Guerra y las Leyes de Reforma, que entre otras cosas garantizaron precisamente la separación iglesia-estado, la no injerencia de la religión en asuntos de gobierno, y derechos tan fundamentales como la libertad de cultos o el matrimonio civil. Hoy la lucha por extender los derechos humanos de los ciudadanos ha dado como resultado que, en al menos algunas partes del país, derechos como la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio igualitario o la no discriminación por orientación sexual, identidad de género o discapacidad sean realidades que nos ayudan a ser una sociedad más humana y más justa.

Sin embargo actualmente, en vísperas de las elecciones de 2018, vivimos un resurgimiento de la injerencia religiosa en política que busca vulnerar al Estado Laico y reducir los derechos ciudadanos. Dos preocupantes casos se han presentando en las semanas recientes.

Uno es el del gobernador de Nuevo León y aspirante a candidato independiente a la presidencia Jaime Rodríguez Calderón, “el Bronco”, quien se han caracterizado por hacer alarde de sus creencias religiosas en actos de gobierno, y que ha declarado públicamente que los recientes terremotos que asolaron a nuestro país, junto con otros desastres, eran consecuencia de que “hemos sido demasiado liberales en el tema de la fe”.

El segundo caso es mucho peor: la diputada Norma Edith Martínez Guzmán, del Partido Encuentro Social –un partido religioso cuya misión principal es tratar de introducir las creencias de la religión evangélica pentecostal en la legislación mexicana. La señora ya se había hecho famosa en noviembre de 2016 por sus ridículas declaraciones en contra del matrimonio igualitario, donde argumentó que si se aprobaba “después veremos a la gente casarse con delfines o laptops”. En esta ocasión logró presentar –en un madruguete que aprovechó la distracción causada por los sismos– una iniciativa que busca modificar la Ley General de Salud para introducir la “objeción de conciencia”, con el fin de que los trabajadores de la salud –entre los que incluye no sólo a médicos y enfermeras, sino a pasantes, técnicos de laboratorio y hasta camilleros– puedan negarse, con base en sus creencias religiosas, a prestar atención médica a los pacientes que la requieran. Lo peor es que ¡la propuesta fue aprobada por una mayoría de 313 votos a favor! (frente a 105 en contra y 26 abstenciones).

Es un asunto grave: la propuesta permitiría no sólo negar la atención a mujeres que deseen interrumpir su embarazo en aquellas entidades y bajo las condiciones en las que tienen derecho a ello: también podrían permitir al personal negarse a efectuar transfusiones o trasplantes –que los creyentes evangélicos y de otras denominaciones cristianas no aceptan–, así como oponerse a la anticoncepción, la eutanasia, la investigación con células madre y los tratamientos a pacientes con enfermedades de transmisión sexual.

Esta iniciativa muestra claramente el daño que las creencias religiosas causan cuando se introducen al ámbito público. Urge que el Senado, al revisarla, la rechace. Pero más allá de eso, urge que los ciudadanos exijamos a políticos, legisladores y gobernantes que respeten y hagan respetar el Estado Laico y la separación Estado-Iglesia.

Eso, o tendremos que cambiar el nombre del Paseo de la Reforma a “Paseo del Estado Confesional”.


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