domingo, 18 de junio de 2017

Transgénicos, riesgos y mitos

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 18 de junio de 2017

Desde que en 1818 la escritora inglesa Mary Shelley publicó su novela Frankenstein o el moderno Prometeo, el mito del científico como un ser cuya ambición de conocimiento lo lleva a desencadenar fuerzas que salen de su control y acaban causando un desastre pasó a formar parte de nuestra cultura. (O quizá desde mucho antes: no olvidemos al propio Prometeo, que robó a los dioses el fuego sagrado y se lo dio a los hombres, ni a Eva, que come el fruto del árbol de conocimiento y condena así a la humanidad al sufrimiento.)

Actualmente, uno de los avances científicos que más polémica causan es el desarrollo de organismos genéticamente modificados (OGMs), conocidos popularmente como transgénicos. Éstos van desde microorganismos utilizados desde hace décadas en la industria y la investigación científica básica hasta vegetales cuyo cultivo podría ofrecer ventajas –mayor rendimiento o valor nutritivo, resistencia a plagas– y animales, principalmente ganado, aunque también mosquitos que pudieran combatir la propagación de infecciones.

Pero son los vegetales genéticamente modificados los que causan la mayor inquietud, por lo extendido de su cultivo y consumo en todo el mundo. Entre los peligros que se les achacan están el poder ser tóxicos o dañinos a la salud del consumidor (algo totalmente descartado, luego de décadas de evidencia acumulada y de ser consumidos en todo el mundo sin que tales efectos se hayan manifestado); el poder dañar al ambiente circundante al sitio donde se cultivan (algo que en gran medida depende de las circunstancias de su cultivo), y el poder ser fuente de “contaminación genética”, en caso de que los genes ajenos que se han introducido al vegetal pudieran “escapar” y ser transferidos a variedades silvestres de la misma planta, o de otras especies.

Por eso fue para mí una experiencia invaluable poder asistir, como observador invitado, al 14º Simposio Internacional sobre Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados, realizado en Guadalajara, Jalisco, del 4 al 8 de junio. Al evento asistieron 300 participantes de 37 países, provenientes de la academia, el gobierno, la industria y organizaciones civiles, además de estudiantes y consultores independientes.

Las ponencias, presentadas y discutidas a fondo por este público tan diverso de especialistas en los distintos aspectos de la bioseguridad me permitieron conocer un poco más la inmensa labor llevada a cabo en todo el mundo por un verdadero ejército de expertos –de biotecnólogos a agrónomos a abogados, y mucho más– para garantizar, en todas las naciones donde se usan, que el desarrollo, cultivo y consumo de organismos genéticamente modificados cumpla con los más altos estándares de seguridad para evitar –y en su caso detectar, estudiar, combatir y remediar– los posibles riesgos que pudieran presentarse.

No habría espacio aquí para comentar, ni siquiera superficialmente, los numerosos aspectos de la protección de riesgos abordados en el simposio. Entre otros, las distintas leyes nacionales y acuerdos internacionales –incluyendo el Protocolo de Cartagena, propuesto en 2003 y adoptado por 171 países, incluido México– que regulan la protección del ambiente y la salud humana ante los posibles efectos nocivos de los OGMs. Los países participantes –e incluso los que no participan, como Estados Unidos y Argentina– invierten un enorme esfuerzo en desarrollar leyes, reglamentos, definiciones, métodos de análisis y en verificar y procesar los resultados para evitar posibles riesgos ambientales.

También que está claro que muchos de los posibles riesgos planteados, por ejemplo, por los grupos ambientalistas que se oponen radicalmente al uso de OGMs, han demostrado ser menos graves de lo que se pensó inicialmente. Aunque la interacción de los OGMs con otras especies pudiera llegar a alterar los ecosistemas, y aunque la posibilidad de flujo de genes de una variedad transgénica a plantas silvestres es real, el conocimiento actual, junto con las reglas de bioseguridad y los métodos avanzados de monitoreo que se han desarrollado permiten reducir al mínimo dichos riesgos. Asimismo, hoy sabemos que el flujo de genes dentro de una especie, e incluso entre especies, es algo que, de forma inevitable, ocurre constantemente dentro de la naturaleza: la idea de especies ideales puras y genéticamente inmutables no tiene mucho sustento biológico. Y en casos donde los transgenes han llegado a ser transferidos a variedades silvestres, éstos normalmente se han diluido en forma más o menos rápida en la población, obedeciendo a las reglas de segregación de la genética mendeliana.

Sin embargo, en la cultura persiste una imagen eminentemente negativa de los organismos genéticamente modificados. Se los ve como dañinos, antinaturales y producto de un capitalismo voraz que busca sólo dañar la naturaleza (como si eso fuera buen negocio). El debate sobre ellos se ha ideologizado y politizado al extremo. Esto causa que muchos reglamentos –incluyendo el Protocolo de Cartagena– lleguen a ser, en algunos casos, excesivamente restrictivos. Por ejemplo, si una variedad de planta es producida por métodos moleculares se considera riesgosa, pero si se obtiene exactamente la misma mutación mediante cruzas tradicionales, la planta, al no ser “transgénica”, se trata como carente de riesgo.

Por otro lado, es cierto que la tecnología de manipulación genética ha avanzado mucho respecto a la “ingeniería genética” desarrollada en los años 70 y 80, y hoy se cuenta con técnicas mucho más precisas y poderosas, como CRISPR-Cas (de la que ya se ha hablado en este espacio) y los llamados gene drives (de los que hablaremos próximamente) que podrían plantear nuevos retos en bioseguridad. Retos que expertos y reguladores están ya considerando seria y responsablemente.

Luego de escuchar a tantos especialistas de tan diversas posturas, si algo me quedó claro es que, frente a la imagen popular de irresponsabilidad e imprudencia, en realidad el desarrollo de OGMs es un área donde cada paso se da con el mayor cuidado, para buscar posibles beneficios con el menor riesgo posible. Y no porque las empresas agrobiotecnológicas sean hermanas de la caridad, sino porque la comunidad internacional se ha encargado de regular el desarrollo y liberación de transgénicos de manera informada, eficaz y responsable. Enhorabuena.
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