domingo, 13 de agosto de 2017

Science Fake News

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 13 de agosto de 2017

Vivimos en la era de las fake news, las noticias falsas, la posverdad. Es preocupante cuando se trata de información sobre temas políticos o sociales… aunque podría entenderse, porque en tales asuntos las interpretaciones, los sesgos y la ideología son prácticamente inseparables de lo que nos gusta llamar “los hechos”. Los hechos sociales, inevitablemente, se construyen.

Pero preocupa aún más cuando se trata de temas relacionados con las ciencias naturales. No porque éstas sean esencialmente distintas o mejores. Los hechos científicos también se construyen, pero estamos acostumbrados a que vengan, de origen, avalados por un proceso de control de calidad extremadamente riguroso, que minimiza –aunque no elimina– la posibilidad de que se cuelen datos falsos, o de que la ideología predomine sobre la evidencia.

Esto es posible porque el proceso social mediante el que se construye el conocimiento científico, resultado del trabajo de una comunidad mundial de expertos que tienen una formación especializada y que siguen un conjunto de reglas y estándares, hace posible que se generen consensos muy sólidos. A diferencia de lo que ocurre en las ciencias sociales, las humanidades o el arte, las ciencias naturales logran, en un tiempo relativamente breve, una aceptación casi unánime del conocimiento que generan. Cualquier libro de química mexicano dice básicamente lo mismo que uno ruso, chino o chileno. No hay “escuelas” o marcos teóricos alternativos para los conceptos que forman el esqueleto básico de estas ciencias (aunque sí hay mucha discusión, claro, respecto al conocimiento que está en proceso de construcción en sus fronteras).

Es por eso que perturba tanto ver que aparezcan, en medios noticiosos reconocidos y profesionales, noticias científicas basadas en conceptos absurdos o francamente ridículos.

Un ejemplo –de muchísimos que ocurren con cierta frecuencia prácticamente en cualquier medio– se presentó el pasado 4 de enero, cuando la agencia Notimex difundió una nota, que luego reprodujeron diarios como Excélsior o Publimetro, y sitios web como UnoTV, además de numerosos blogs. En ellos se afirmaba que el misterioso planeta Nibiru ¡podría destruir la Tierra!

Desde su primera frase, el texto era como una condena a muerte: “Nibiru es el nombre de la amenaza que destruirá en octubre de este 2017 a la Tierra”. Pero lo que seguía era peor: “Nibiru es un planeta misterioso, azul y también gigante, uno de los siete que orbitan al Planeta X, en realidad un sistema solar. La fuerza de gravitación del planeta será la que destruya a la Tierra, y si los científicos no han detectado ese peligro es por la aproximación oblicua con que se acerca a la Tierra. El supuesto incremento de la actividad sísmica y de tormentas es una de las pruebas que se esgrime para demostrar la aproximación de esa masa destructiva.”

Olvídese usted de la pésima redacción y de lo incoherente de la información, que hace que el texto prácticamente carezca de sentido. Se trata de una más de las muchas teorías de conspiración que desde hace años circulan por ahí: la idea de que hay, efectivamente, un “planeta misterioso” que por alguna razón los astrónomos jamás han detectado, pero que al mismo tiempo “se sabe” que tiene una órbita que “se cruza” con la de la Tierra y que, debido a ello, la destruirá. Sobra decir que tal idea carece de toda base científica y que ha sido refutada, una y otra vez, por los expertos. ¡Basta consultar Google!

Sólo hasta el cuarto párrafo se intuye que la nota –que no venía firmada– en realidad pretendía ser una crítica a un reportaje publicado por el diario sensacionalista inglés The Sun, y que comentaba detalles como que la catástrofe de Nibiru se ha predicho, obviamente de manera infructuosa, en numerosas ocasiones.

La pregunta es inevitable: ¿entonces, por qué publicar esta nota? Y peor, ¿por qué hacerlo de una manera tan confusa que hace pensar al lector que se le está informando de un hecho real, y no comentando una teoría ridícula?

Las preguntas podrían continuar: ¿por qué la agencia noticiosa del estado mexicano difunde notas tan poco profesionales? ¿Por qué tantos medios que supuestamente sí lo son la retomaron casi literalmente? (Mención aparte merece Milenio Diario, que al menos la contextualizó como lo que era, y enfatizó desde el titular el carácter ficticio de la supuesta “noticia”.)

Independientemente de que la nota circuló a principios de año, época especialmente árida en cuanto a noticias, una de las causas de que ocurran cosas como ésta es que falta un buen control de calidad en la información científica (o supuestamente científica) que se publica en los medios noticiosos nacionales. Esto a su vez es debido, sin duda, a la escasez de periodistas científicos –editores, reporteros, columnistas– preparados profesionalmente y con experiencia. Además, por supuesto, de la falta de interés de los medios por contratarlos… y por pagar adecuadamente su trabajo. (Problema aparte es la casi nula exigencia de calidad informativa por parte de nuestros públicos, tan acostumbrados a la información chatarra. Aunque en lo personal creo que la labor de crear públicos cada vez mejor educados y por tanto más exigentes recae en nosotros, los comunicadores.)

No sé cómo, pero urge mejorar la calidad de la ciencia que se publica en los medios. De otro modo, pronto ya no seremos capaces de distinguir las fake news de los temas realmente importantes.


Aclaración: Por un error por completo atribuible a este autor, en la versión de este texto publicado en Milenio Diario mencioné que la nota de Notimex había también sido reproducida por el diario
El Universal y por el sitio web Aristegui Noticias. No fue así.

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Contacto: mbonfil@unam.mx

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domingo, 6 de agosto de 2017

Robots biológicos… y lo que sigue

Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM
Publicado en Milenio Diario, 6 de agosto de 2017

El superpoder de la ciencia ficción –la de excelencia– es poder, si no predecir, sí atisbar el futuro: proporcionarnos un vistazo de lo que podría llegar a ser, gracias al incesante progreso de la ciencia y la tecnología.

Uno esos atisbos que son motivo recurrente en la ficción científica es el surgimiento de la inteligencia artificial, del que hablábamos aquí la semana pasada, y que depende –hasta ahora– de los avances en computación electrónica. Pero hay otro que surge del desarrollo de las ciencias biomédicas, la genética y la biotecnología: la posibilidad de crear vida artificial.

Aunque hay muchas cosas distintas que podrían caer bajo la definición de “vida artificial”, una de las más interesantes es el desarrollo de sistemas biomiméticos: constructos que imitan, usando tejido vivo, pero también partes artificiales, la forma y funciones de organismos vivos.

Hace cinco años comenté aquí el trabajo de Kevin Kit Parker, biofísico de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, que desarrolló una pequeña medusa artificial, o “medusoide” usando una plantilla de silicón plano con la forma de ese organismo, recubierta con una capa de células de corazón de rata. Al ponerlo en una solución nutritiva y estimularlo eléctricamente, las células se contraían rítmicamente y provocaban que el medusoide nadara de forma similar a una medusa real.

Parker siempre ha afirmado que su verdadera meta es llegar a construir –o, más bien, cultivar– un corazón artificial. Pero algo de tal complejidad sólo podrá lograrse mediante muchos pequeños pasos.

Y yo no me había enterado que, desde ya hace un año, Parker había logrado otro de estos pasos, que puede ser pequeño pero que resulta impresionante. Usando la misma técnica, decidió imitar otro organismo acuático, más complejo que una medusa: la raya. Él y su equipo dedicaron cuatro años a estudiar la constitución muscular de las rayas para entender cómo se produce el característico movimiento ondulatorio que les permite nadar, y luego imitarlo usando una estructura formada por dos hojas de silicón plano con forma de raya entre las cuales se halla un “esqueleto” de oro, que sirve como resorte. Al recubrir el silicón con unas 200 mil células vivas provenientes del corazón de embriones de rata, distribuidas en un patrón serpenteante, éstas pueden contraerse rítmicamente e impulsar a la milimétrica “raya” biorrobótica hacia delante. (Cabe señalar que la raya de Parker es más sencilla que las rayas reales: éstas tienen dos capas de músculo, que jalan en direcciones opuestas; el biorrobot de Parker sólo tiene una capa que se contrae; el movimiento contrario lo produce el esqueleto de oro.)

Pero no sólo eso: Parker y sus colegas llevaron más allá su desarrollo, y decidieron modificar genéticamente las células para introducirles un switch o interruptor optogenético: genes que ocasionan que las células sean capaces de percibir la luz azul y contraerse como respuesta. Así, usando luz azul de distintas frecuencias para estimular las células musculares del lado izquierdo o derecho de la raya, pudieron guiarla en su nado para esquivar distintos obstáculos.




[Para ver un video sobre la raya biorrobótica, haz clic aquí]


El logro se publicó en junio de 2016 como artículo de portada en la prestigiada revista Science. No porque sirva para algo en concreto, sino por la promesa que simboliza. Fabricar réplicas biomiméticas de animales pudiera llegar a tener utilidad en numerosos campos además de la investigación pura, como la exploración o la industria. Pero además, entender e imitar la anatomía y fisiología animal son pasos obligados para llegar algún día no sólo a construir el corazón artificial que ambiciona Parker, sino biorrobots completos y novedosos, similares a los que hoy aparecen en novelas y películas… o quizá muy distintos a ellos.

Sin duda son avances inquietantes, además de asombrosos. Pero sabemos que el progreso tecnocientífico no se detiene: explorar y comprender a fondo sus posibilidades será indispensable para que, como sociedad, podamos decidir cómo aprovecharlos en bien de todos, y evitar las aplicaciones que nos parezcan excesivas o peligrosas.


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